Otro clavo más en el ataúd de Damasco
Si el asesinado presidente Rafic Hariri representaba la reconstrucción del Líbano (era constructor de profesión), Gibran Tueni, periodista e hijo y nieto de periodistas, era su libertad de ex-presión. Representaba esa libertad que apenas existe y también otra cosa que apenas existe en el Líbano: la experiencia intercomunitaria. Él la conocía de forma innata. Su padre era cristiano y su madre drusa, algo infrecuente en esa sociedad sectaria. Luego, en la guerra civil, fue herido por un bando y secuestrado por el otro. Esto no quiere decir que Tueni fuese conciliador. En los noventa apoyó al impresentable general Aoun. Pero nadie puede negarle el coraje de haber sido el primer libanés en alzar la voz, y no las armas, contra Siria. Tras el asesinato de Hariri, entró en el parlamento, pero su periódico Al-Nahar seguía atacando a Damasco. En agosto, ya encabezaba una lista de libaneses «susceptibles de ser eliminados». Sus asesinos incluso se han permitido un chiste. «Hemos convertido Al-Nahar en una noche». Al-Nahar, significa «El día». Pero cuando hay noche la hay para todos, y, en términos políticos, puede que lo que único que hayan logrado sea poner otro clavo en el ataúd del régimen sirio.