Los ataques de la insurgencia suní y las matanzas de las milicias chiíes siembran el caos
Irak se precipita a la guerra civil al cumplirse tres años sin Sadam Un ataque cerca de la base española en Afganistán causa dos muertos
En Bagdad aparecen una media de cuarenta cadáveres diarios en las últimas semanas

Portesta de los chiíes por los últimos atentados con muertos contra las mezquitas
Mustafá no puede hablar. La bala que le disparó la policía iraquí le entró por la sien, le reventó un ojo y salió por la boca partiéndole la mandíbula. Así que cuando quiere contarnos lo que le pasó coge de la manga a su padre, Khaled, y comienza a gesticular. Con los dedos de su mano forma una pistola y aprieta el gatillo con el pulgar. «Él sólo iba hacer cola para comprar una bombona de gas. Los policías les gritaron que se pusieran en fila y luego empezaron a disparar», dice Khaled. Mustafá tiene doce años. Fue el 1 de abril, mientras la ciudad iraquí de Samarra ardía por la luchas entre suníes y chiíes. No hacía tanto que la insurgencia suní había volado la cúpula de la mezquita chií de la ciudad, una de las más santas del país. Los chiíes estallaron. Su revancha llenó las cunetas del país de cadáveres de suníes mutilados y torturados. Cientos de ellos. En Samarra los suníes se llevaron la peor parte porque la policía iraquí hizo de todo menos tratar de calmar la situación. Mustafá sólo pasaba por allí pero ahora se alimenta con un tubo conectado a su estómago, respira con dificultad y la saliva de su boca se desborda por los hierros con los que los médicos norteamericanos le han soldado la mandíbula en el hospital de la Base Aérea de Balad. «La policía iraquí está infestada de milicianos chiíes, que sólo quieren matarnos a nosotros los suníes. Casi matan a mi hijo. Le digo una cosa, casi prefiero a los norteamericanos, al menos ellos te tratan como a un ser humano. No tenemos Gobierno, no tenemos seguridad. Todos están corruptos. Milicias, policías, todos. Estábamos mejor con Sadam. Era un monstruo, pero era sólo uno. Ahora tenemos 100.000 monstruos», dice Khaled. La historia de este joven suní es en buena parte la historia de este Irak del 2006, que tres años después de la caída de Sadam, se precipita más que nunca hacia una guerra civil donde los niños de doce años reciben balazos en la cara sólo por el hecho de ser suníes o chiíes. Tres años después de que las televisiones de todo el mundo retransmitieran la entrada triunfal de los marines. en Bagdad, la guerra ha cambiado de signo. Los insurgentes ya no están tan interesados en atacar a las tropas ocupantes. Su estrategia pasa por seguir agudizando el antagonismo eterno entre suníes y chiíes y que la guerra civil que resulte le explote en la cara a Estados Unidos. «Es muy frustrante. Te dan ganas de decirles a los insurgentes: Eh, ven y pelea como un hombre. Pelea contra mí, no lo hagas con tu propia gente. ¿Por qué vuelas mezquitas. Qué quieres. Una guerra civil?. Sólo espero que los iraquíes lleguen a un acuerdo y formen un Gobierno y podamos reconducir esto», comenta un oficial norteamericano. Todavía sin gobierno Hace ya más cuatro meses los iraquíes se jugaron el pescuezo y retaron a la insurgencia para votar en las elecciones, pero aún no tienen ese tan esperado Gobierno porque las facciones no consiguen ponerse de acuerdo. Y en la anarquía y el vacío de poder, florece el caos, los asesinatos y los secuestros. Bagdad es un buen ejemplo. Los norteamericanos la dividen en dos zonas. La Verde, una microciudad blindada y custodiada por infinidad de guardias y muros donde está la administración iraquí y el alto mando estadounidense. Y la Roja, el resto de la ciudad. Hasta hace unos meses circular por ésta última era peligroso, pero viable. Hoy los contratistas del Ejército y hasta las mismas tropas esperan horas en la Zona Verde para poder coger un helicóptero que les lleve a algún lugar que no está a más de cinco minutos en coche de allí. Todo por no poner un pie fuera de los muros. Las calles de Bagdad y de medio país son territorio de la resistencia o de las milicias chiíes, que les han ganado el terreno a los políticos chiíes moderados. Tras tres años sufriendo los ataques de la insurgencia suní, el crédito de los que pedían contención, como el ayatolá Sistani, se está agotando. Su espacio fue ha sido ocupado por los que clamaban venganza, como el radical Moqtada al Sadr, el mismo que ordenaba los ataques contra las tropas españolas cuando estaban desplegados en Diwaniya y en Nayaf. Él y su milicia, el Ejército del Mahdi, se han hecho eco de los deseos de venganza de los chiíes. Aquí en Irak, todo el mundo sabe que tanto el Ejército del Mahdi, como otras milicias chiíes, forman los escuadrones de la muerte que masacran a los suníes día tras día. En las últimas semanas en Bagdad aparecen una media de 40 cadáveres diarios. La policía iraquí, totalmente infiltrada por los milicianos chiíes, a veces participa en estas matanzas. Ni siquiera se molestan en quitarse los uniformes. «Yo personalmente, temo más a las milicias que a los insurgentes. Lo dijo hasta el propio ministro de Defensa el otro día. Si la policía iraquí llama a su casa y no está acompañada de tropas norteamericanas no les abran», dice Ahmed. Este joven traductor vive su propia tragedia personal. Para ganarse la vida trabaja para los norteamericanos, pero ni siquiera sus amigos lo saben. «Miento y digo que me voy a estudiar a Bagdad», dice. Sabe que si lo descubren lo asesinarán por colaboracionista. Él lo tiene claro; «No es que vaya a haber una guerra civil. Ya estamos dentro de ella». «Estábamos mejor con Sadam. Era un monstruo, pero era sólo uno. Ahora tenemos 100.000 monstruos KHALED, PADRE DE UNA DE LAS VÍCTIMAS DE LOS SOLDADOS Dos afganos resultaron muertos en un atentado suicida con coche bomba que se produjo este sábado fuera de la base de las tropas españolas en el oeste de Afganistán, informaron fuentes oficiales. «Un atentado suicida con coche bomba perpetrado frente a la oficina del equipo de reconstrucción provincial (PRT) mató a un guardia afgano e hirió a otros tres», declaró el director de los servicios de información, Mohammad Musa Rasuli, en la ciudad de Herat, al oeste de Afganistán. Rasuli explicó que el «kamikaze conducía un vehículo todoterreno, que hizo explotar frente al edificio del PRT, dañando también otros tres coches civiles que se encontraban cerca». Las fuerzas encabezadas por los hombres de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), a la que pertenecen las tropas españolas, confirmaron también el ataque y señalaron que en éste habían muerto dos afganos. Sin embargo, el capital Giorgio Buonaiuto precisó que no estaba claro si la acción fue un atentado suicida cuyo objetivo era la Fuerza Internacional de Asistencia y Seguridad de la Otan (ISAF) en Afganistán. «Dos ciudadanos afganos murieron, otro resultó gravemente herido y un cuarto sufrió leves lesiones provocadas por los cristales que volaron a causa de la explosión», señaló Buonaiuto. Un presunto portavoz del régimen de los talibanes -derrocados del poder en 2001 y que desde entonces se oponen militarmente al gobierno de Kabul y a la presencia de tropas internacionales en suelo afganó- atribuyó a su movimiento la autoría del ataque. «Fue un ataque suicida realizado por un ciudadano de Herat llamado Abdul Rahim», afirmó por teléfono Yusuf Ahmadi, quien precisó que el «ataque estuvo dirigido contra las tropas extranjeras».