Kofi Annan abronca a la ONU
La traca final de las negociaciones para el alto el fuego en la guerra del Líbano, que se produjo el viernes en la ONU, no tuvo desperdicio, pero mientras la comunidad internacional celebraba con alivio la votación unánime de la resolución 1701, el secretario general de la ONU Kofi Annan recriminaba al Consejo de Seguridad la lentitud de sus gestiones diplomáticas. «Sería una negligencia de mi parte si no dijese los profundamente decepcionado que estoy de que el Consejo de Seguridad no haya alcanzado este punto mucho, mucho más temprano», aleccionó. «Y estoy convencido de que mi decepción y frustración son compartidas por cientos de millones de personas de todo el mundo (...) Todos los miembros del Consejo deben ser conscientes de que su incapacidad para actuar antes ha resquebrajado por completo la fe del mundo en la autoridad e integridad de este cuerpo». Cada día que se han prolongado las negociaciones se ha pagado con sangre. A lo largo de este mes más de mil civiles han perdido la vida, la mayoría niños, 3.600 personas han resultado heridas y un millón se ha quedado sin casa. Entre la audiencia no se encontraban sólo los embajadores que habitualmente ocupan los asientos del Consejo de Seguridad, sino sus máximos superiores. Fue la propia Condoleezza Rice la que levantó la mano para votar, al igual que su homóloga británica Margaret Beckett y el canciller francés Philippe Douste-Blazy. Todos ellos habían volado expresamente a Nueva York para poner toda la carne en el asador en una jornada frenética. Su presencia daba fe de que en esta partida diplomática se había acabado el sitio para los peones. Cartas boca arriba Las tres llamadas telefónicas que Rice hizo personalmente a su homólogo israelí, así como una directamente a Olmert, dan fe de la tensión que se vivió ese día. Israel jugó tan duro como pudo, e incluso a media mañana echó a rodar sus tanques en el frente de guerra para desmayo de la tropa diplomática en Naciones Unidas. Era su respuesta a una resolución que no satisfacía completamente sus demandas, pero esta vez la dama de hierro de la diplomacia estadounidense decidió seguirle el farol. Durante el descanso para el almuerzo, el borrador que se envió a los gobiernos libanés e israelí llevaba implícito el aviso de que, con o sin su aprobación, el texto iría a votación al final del día. Israel, que durante toda la jornada había calificado de «ridícula» la posibilidad de que su ofensiva terrestre fuese una estrategia para presionar a la comunidad internacional, acabó por mostrar sus verdaderas cartas al aceptar un texto que no se ampara en el capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas, que hubiera autorizado el uso de la fuerza en Líbano. Además, la resolución aprobada abre la puerta a la revisión territorial de las Granjas de Chebba, ocupadas desde 1967, urge a la liberación de los 10.000 prisioneros libaneses que se encuentran en cárceles israelíes desde hace décadas, y no establece una secuencia para la entrega de los dos soldados israelíes cuyo secuestro desato este conflicto el pasado 12 de julio, cuando Hezbolá pretendió canjearlos por los suyos. Tras el pulso, el mandatario israelí telefoneó a Bush a su rancho de Texas para asegurarse de que no dejaba ningún resentimiento en su principal aliado.