«Me quemé viva para que él dejara de pegarme»

No pueden soportar sus matrimonios forzados, las palizas, su vida de esclavas. Sólo en Herat, más de cien afganas se inmolan cada año. El hospital es fiel testigo de su agonía

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D. Beriain - herat
León

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«La mayoría de las mujeres que veis aquí van a morir». Ibrahim Mohamedi, el jefe de la unidad de quemados del hospital de Herat, pronuncia la frase como si fuera una teorema científico, un hecho frío y escueto salido de la boca de alguien que ha convivido con el horror demasiado tiempo. Al fondo de la sala de que-mados chirrían los gritos de una mujer a la que les están cambiando las vendas, que suplica que la dejen en paz, que paren ya. No hay morfina para calmar el dolor, sólo sucedáneos más baratos y menos efectivos. Hay moscas por todas partes. En apenas 20 metros cuadrados, entre la suciedad y la angustia, se hacinan ocho mujeres que coquetean con la muerte. Casi todas están aquí porque se rociaron con gasolina y se prendieron fuego. «Mi marido me pegaba todos los días. Lo hacía con el palo de sacar el pan del horno. Todos los días durante cinco años. Le dije que si lo hacía una vez más me suicidaría. Y me pegó. Salí de la casa llorando, cogí la gasolina de la moto, me la eché por encima y me prendí fuego», cuenta Sabyana Abdurrashul. Tiene 18 años y quemaduras en el 100% de su cuerpo. En más de la mitad son de grado 3 y 4, calcinación hasta el hueso. Se casó con 13 años. Le preguntamos si en esos cinco años de matrimonio al menos tuvo algún momento de tranquilidad. Niega con la cabeza cuanto puede hacerlo. «No, me pegaba todos los días. Desde el principio», dice. Ahora su marido la visita todos los días y cuida de ella. «Es que nos queremos», dice por toda conclusión. Cien casos al año «Es cada vez más común. Las mujeres están desesperadas y se inmolan. Sólo en los pri-meros seis meses del año, en el hospital hemos contado 51 casos. El año pasado fueron casi 100. Algunas lo hacen para llamar la atención de sus propias familias o de su familia política. Otras sólo quieren suicidarse. No sé por qué no utilizan otros métodos menos dolorosos. No sé, parece que todo empezó en Irán», dice Ibrahim. Como director de la unidad de quemados, él gana 35 euros al mes por hacer este trabajo. El resto del personal es voluntario. No tienen medicinas. Sólo gasas y pomadas. Dispensan la atención pero los medicamentos se los tienen que comprar los pacientes. La mayoría son tan pobres que no pueden hacerlo, así que los médicos los pagan de sus bolsillos. «No recibimos ninguna ayuda, y esto va a peor», dice. Frente a Sabyana está Hajoto Mohamayan, de 36 años. Es la segunda vez que se inmola. La primera fue porque perdió a su hijo y no pudo soportarlo. La segunda porque su marido se casó por segunda vez. Entre estas dos mujeres está Mina Bahawidin. Tiene 18 años. «Mi marido era un buen hombre -dice-, pero mi suegra empezó a difundir rumores sobre mí para que su hijo me repudiara. Me in-molé para demostrarles que se equivocaban. Ojalá no lo hubiera hecho. Él sólo vino a verme una vez, el primer día. Le pedí que me comprara una medicina. Me respondió: que te la traiga tu hermano . Y me abandonó»

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