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CARLOS G. REIGOSA
León

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EL 11 de septiembre de 1973, en su última intervención por Radio Magallanes, el presidente chileno Salvador Allende, cercado en el Palacio de la Moneda y decidido a suicidarse antes que rendirse, aseguró con convencimiento: «Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano». Unas palabras que escuchó impávido el jefe del Ejército, Augusto Pinochet, que mandaba las tropas que rodeaban la sede del Gobierno y que había sido confirmado en el cargo por Allende 18 días antes. Era el 11-S de Chile. Aquel día empezó en el país andino una dictadura que iba a durar 17 años y que dejaría un sangriento y brutal reguero de represión y muerte. El dictador murió ayer a los 91 años y ha tenido de constatar que el sacrificio de Allende y de muchos otros chilenos demócratas no aconteció en vano. Porque Chile es hoy una próspera democracia. La llegada de Pinochet al poder se fraguó también como ejecutor de la política estadounidense de Richard Nixon, un presidente belicoso y sin escrúpulos que le profesaba un odio letal a Allende por «su hostilidad manifiesta» y «su patente intención de crear otra Cuba». (Kissinger justificó el golpe con una explicación claramente delatora: «El programa explícito de Allende era establecer una dictadura irreversible y un desafío permanente a nuestra posición en el hemisferio occidental»). Tras dar el golpe militar, Pinochet concentró todo el poder en su persona, en particular después de la aprobación del texto constitucional de 1980. Un año después prorrogó su mandato presidencial por ocho años. Y en 1988 convocó un plebiscito que creía ganado y en el que cosechó el rechazo de la ciudadanía (55,2% de votos en contra). Desde la común trayectoria de tantos dictadores americanos, este sometimiento a un referendo tuvo la virtud de convertirlo en uno de los pocos que se jugaron su destino en unas elecciones. Castro aún no lo ha hecho. Con la muerte de Pinochet desaparece un dinosaurio de esa pesadilla de dictaduras que plagó América en el último cuarto del siglo XX. La esperanza de hoy es que no se reproduzcan jamás, ni por la vía golpista ni por degeneración democrática.

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