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ENRIQUE VÄZQUEZ
León

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SALVO QUE LAS autoridades acrediten una versión irrefutable sobre lo sucedido, lo probable es que nos quedemos sin saber del todo si ayer se produjo un atentado en toda regla contra el presidente del Pakistán, general Musharraf, cuyo avión habría sido objeto de disparos de armas anti-aéreas. Musharraf está vivo de milagro: en diciembre de 2003 ya sufrió dos atentados casi seguidos, en los que hubo unos cuantos muertos, y entonces como ahora los radicales islamistas fueron mentores y ejecutores de los mismos. El intento de ayer llega en un momento difícil, con el presidente batiéndose en dos frentes: el de la hostilidad islamista armada y el de los viejos partidos prohibidos. Iftijar Mohamed Chaudry, presidente del Tribunal Supremo, ha conseguido movilizar a la vieja clase política tras ser cesado por el presidente después de que él se negó a caucionar en términos constitucionales los planes del presidente (no elegido) que entiende mantenerse como presidente y jefe de las Fuerzas Armadas contra su promesa. La vieja clase política está desacreditada y lo que sucede no preocupa demasiado a Musharraf, que recibió hace tres semanas una oportuna prueba de la lealtad de los militares, «ultima ratio» en el contexto político nacional. Pero es más preocupante lo que sucede con la efervescencia integrista expresada por los trágicos sucesos de la 'mezquita roja' (Lal Mesjid). El recinto, con su madrassa femenina adjunta (Jamia Hafsa) se ha rebelado y está rodeada por el ejército en pleno centro de Islamabad, muy cerca del cuartel general del Ejército y la sede de los poderosos servicios de inteligencia. Ha habido ya muchos muertos, pero la existencia de alumnos retenidos contra su voluntad aconseja la moderación, aunque la prensa capitalina y gran parte del público respalda la mano dura. Por si fuera poco, cuatro soldados murieron en un ataque suicida en el Noroeste a manos de milicianos asociados a los talibanes vecinos y la división sobre cómo proceder en todos esos frentes no deja de crecer y de extender ciertas aprensiones sobre el porvenir del régimen a medio o largo plazo. Por lo que se sabe, y juiciosamente, el propio Musharraf ha ordenado que no se tome la «mezquita roja» al asalto y se evite una matanza que podría tener gravísimas repercusiones. Por ello la situación de tensa calma se mantiene, una circunstnacia que lleva a pensar lo que se impondrá; la rendición o el fin de la paciencia

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