Inspectores del Gobierno británico llevaban a cabo una investigación de urgencia en un laboratorio del sur de Inglaterra, identificado como posible foco del brote de fiebre aftosa declarado en el país.
, anunció el primer ministro británico, Gordon Brown, tras presidir la cuarta reunión del comité de crisis del Gobierno desde que se confirmó el brote.
, añadió en una entrevista a la BBC Brown, que ha interrumpido sus vacaciones para ponerse al frente de la crisis. El laboratorio de Pirbright, a unos cinco kilómetros de la granja afectada, se ha convertido en la principal pista del Ejecutivo después de que los expertos confirmasen el sábado que la cepa del virus hallada en el ganado infectado es la misma que la utilizada en ese complejo para la fabricación de vacunas y fines diagnósticos. Las instalaciones ahora examinadas son compartidas por el Instituto de Salud Animal (IAH en inglés), que trabaja para el Gobierno británico y la Unión Europea (UE), y la farmacéutica Merial Animal Health, que utilizó esa cepa en una remesa de vacunas manufacturada el 16 de julio pasado. Los inspectores de la Comisión de Salud y Seguridad (HSE, en sus siglas en inglés) investigan las medidas de bioseguridad tanto en esa firma como en todo el complejo y los resultados pueden estar listos en 48 horas, añadió Brown. El IAH, un centro financiado por el Gobierno, ha hecho su propia inspección, que no ha hallado fallos ni en los procedimientos de bioseguridad del centro ni en el funcionamiento del equipamiento. Además, según su director, Martin Shirley, en las últimas cuatro semanas han hecho un uso
de la cepa, que es del tipo 01 BFS67 y fue aislada en el brote sufrido por el Reino Unido en 1967. La empresa farmacéutica tampoco ha detectado fallos en sus procedimientos de bioseguridad en las pesquisas preliminares que ha llevado a cabo. Cuando en agosto de 1969 los primeros soldados del Ejército británico fueron desplegados en Irlanda del Norte, pensaron que su misión duraría tan sólo unas semanas, como mucho seis meses. Nadie imaginó entonces que, la que luego se bautizaría como 'Operación Banner', se podría convertir en la campaña militar más larga de la historia del Reino Unido. Su despliegue aquel verano no fue silencioso; sí lo ha sido su retirada. Y es que, aunque el 31 de julio de 2007 se escribirá en los libros de Historia porque supone un paso más en el proceso de paz de la región, los soldados se marcharon ese día sin grandes ceremonias y sin cantar 'victoria'. Llegaron miles, procedentes de bases de todo el mundo. Uno de ellos es Mike Jelf, que recuerda que el escenario era desolador: «Fue nuestra primera experiencia en una zona de guerra: todo estaba lleno de basura, todo estaba quemado, las calles vacías. Ese olor a goma chamuscada ha permanecido conmigo desde entonces», recuerda 38 años después. Curiosamente, fueron enviados por el Gobierno de Londres a petición del Ejecutivo unionista de la región para proteger a la comunidad católica de los ataques de los protestantes porque la Policía, mayoritariamente protestante, no daba abasto. En las zonas nacionalistas, los vecinos dejaron de hablar a los soldados y empezaron a verlos con otros ojos: como enemigos, como parte de la larga historia de intervencionismo del Reino Unido en Irlanda (los católicos en su mayoría son partidarios de unirse a la República Irlanda, mientras que los protestantes, apuestan por seguir ligados al Reino Unido). En 1970 murieron las seis primeras víctimas a manos del Ejército británico de una lista de 301, la mitad de ellas civiles sin ninguna vinculación con el IRA ni con organizaciones terroristas. Dos años después llegaría el conocido como Bloody Sunday (Domingo Sangriento), bautizado así porque los soldados dispararon contra un grupo de manifestantes que reclamaban derechos civiles en la ciudad de Derry y mataron a trece personas. Si algún católico manifestaba en aquel entonces cierta simpatía por el Ejército, tras ese episodio se evaporó por completo. Un comandante del Ejército que trabajó en la zona, Patrick Mercer, ahora diputado del Partido Conservador, reconoce que se cometieron «errores muy graves». Durante la campaña militar, también ha habido bajas entre las filas del Ejército, El primer soldado murió en febrero de 1971. Tenía 20 años. Después morirían otros 762. El último fue asesinado en 1997. El jefe del Ejército en Irlanda del Norte, el general Nick Parker, afirmó esta semana con motivo de la retirada «Pienso que el Ejército ha contribuido a la seguridad en Irlanda del Norte, lo que ha permitido a otra gente cambiar las cosas a través de la política, los programas sociales y la economía». Ahora que la violencia ha cesado, los soldados han dejado de patrullar las calles y ahora la seguridad está por completo en manos de la Policía. Sin embargo, unos 5.000 hombres continuarán viviendo en la región, pero su estatus legal será el mismo que el de los soldados de Inglaterra, Gales o Escocia. Los que se han quedado en Irlanda del Norte seguirán recibiendo formación y estarán disponibles para ser enviados a cualquier parte del mundo; pero, por duro que sea el destino, esperan, como todos en la región, que las calles del Ulster no requieran más sus servicios.