La seguridad del «gran líder nacional» de Rusia
Putin mantiene las incógnitas sobre cúal será su futuro político después de marzo
Aquel hombre agrio y taciturno que, de forma inesperada, Borís Yeltsin nombró primer ministro en agosto de 1999 tiene poco que ver con el actual presidente de Rusia y vencedor de las elecciones legislativas de este domingo. Al menos en la apariencia y en los modales, Vladímir Putin es ahora un líder mucho más desenvuelto y seguro de sí mismo. Sin embargo, conserva intactas muchas de las manías y obsesiones que le inculcaron en el KGB. Es desconfiado, opaco, piensa que no hay término medio, el que no es amigo es enemigo, y carece de barniz de estadista. En sus ocho años en el poder ha sido incapaz de trazar una estrategia que convierta de una vez Rusia en un estado moderno. Su idea del orden le lleva a querer controlarlo todo y a no delegar. Ha demostrado no ser un auténtico demócrata, aunque él cree que lo es «en estado puro». Para él los derechos y las libertades no son una necesidad sino una pantalla, un decorado necesario para que Rusia sea aceptada en Occidente. Todavía sigue repitiendo el mismo discurso que le encumbró a la presidencia en 2000. Las amenazas a las que Rusia debe hacer frente «con todos los medios disponibles» siguen estando vigentes: la desintegración del país, la injerencia extranjera, el terrorismo internacional, el caos y la labor de zapa de los oligarcas vendidos a Occidente. Más tarde, añadió otros desafíos a la lista: las revoluciones naranjas, el desequilibrio nuclear y, últimamente, los planes de EEUU de desplegar elementos de su escudo antimisiles en Polonia y la República Checa. De Chechenia sólo habla para decir que allí todo va bien y que la guerra terminó, pese a que los periodistas extranjeros continuamos teniendo limitado el acceso a la república rebelde. Tampoco le gusta utilizar mucho la palabra corrupción, aunque ya ha lanzado varias cruzadas para erradicarla. Todas ellas fallidas. Nunca pone sus planes al descubierto. No lo ha hecho ni siquiera en la campaña electoral. Los rusos le han votado a ciegas, confiando sólo en su palabra y en la supuesta existencia del enigmático Plan Putin. Es una verdadera incógnita qué es lo que piensa hacer cuando abandone el Kremlin en marzo de 2008. Tras haber fortalecido exageradamente los ya abultados poderes que la Constitución rusa confiere al presidente, haber convertido la dos Cámaras en departamentos del Kremlin y hacer de la Justicia una correa de transmisión a su servicio, va a ser difícil que Putin pueda hacer sombra a la persona que le suceda. Sus seguidores le alaban por haber puesto fin al desbarajuste habido en los 90, por elevar el papel internacional de Rusia, fortalecer su potencial defensivo y logrado una cierta estabilidad económica. Sus detractores le acusan de haber laminado la democracia, monopolizado el poder y la economía, agravado las diferencias sociales y fomentado el nacionalismo y la xenofobia. Lo que sí es cierto es que Putin es un hombre de suerte. Si Yeltsin hubiesen vendido el petróleo y el gas a los actuales precios internacionales, no se le hubiese hundido la economía ni a Gorbachov desmoronado la URSS.