El problema es si otros países paralizan su proceso de ratificación porque hoy salga el «no»

La escasa participación en Irlanda pone a Europa al borde del colapso

Lo que se cuestionan casi 500 millones de personas es pasaría si Irlanda no ratifica el Tratado de Lisboa

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Fernando Pescador - bruselas
León

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Una vez más, Europa está en manos de un puñado de indecisos, irlandeses por más señas, que es un pueblo batallador pero que no ha desempeñado grandes papeles en la historia, salvo protagonizar una masiva emigración a Estados Unidos huyendo del sojuzgamiento inglés. La pregunta que, naturalmente, se hacen ahora casi 500 millones de europeos es qué pasaría si, en el referéndum irlandés y por un estrecho margen de votos, el Tratado de Lisboa no es ratificado en este pequeño país, de poco más de 4 millones de habitantes. ¿Quedarían invalidados los esfuerzos realizados a todo lo largo de una década por dos generaciones de políticos y unas cuantas decenas de gobiernos, para adaptar el entorno institucional europeo, y las competencias de la Unión, a las nuevas circunstancias del siglo XXI?. Puestos en el caso negativo, es decir, que salga «no», es fácil suponer que Merkel y Sarkozy propondrán, de entrada, que el proceso de ratificación continúe en los 11 Estados miembros que lo tienen pendiente. El problema, como ya sucedió con la Constitución, es si otros países (el Reino Unido o la República checa, por ejemplo) deciden paralizar sus respectivos procesos de ratificación porque en Irlanda haya salido «no». Ya lo hicieron con motivo de la Constitución, para ahorrarse sus respectivos gobiernos el desgaste político derivado de convocar una consulta en países mayoritariamente euroescépticos, y defender el «sí».. El escenario político ahora es, sin embargo, diferente: la ratificación parlamentaria para el Tratado de Lisboa es el camino asumido por todos los socios de la UE, excepto Irlanda por razones constitucionales. No hay otro costo político a la vista, en esa ratificación parlamentaria, que el ya asumido en su día. Es más: la suspensión del trámite de ratificación parlamentaria en el Reino Unido, o en la República Checa, sería inmediatamente percibido por el resto como un boicot al Tratado de Lisboa; poco menos que juego sucio.Y en Europa no se puede hacer juego sucio con estas cosas. No es imaginable una renegociación del Tratado de Lisboa, en el que irlandeses y británicos obtuvieron cuanto pedían. Y tampoco parece creíble que el núcleo principal de socios de la Unión se avenga a continuar con los esquemas consagrados por el Tratado de Niza, actualmente en vigor. Con los irlandeses sin ratificar Lisboa, se abriría el escenario de dejarlos fuera: el Tratado de Lisboa sería asumido por el resto como un Tratado internacional más, la UE funcionaría al ralentí con Irlanda dentro para lo que se pudiera, y para el resto, para lo importante, se actuaría en foros determinados: un Consejo bis, por ejemplo. n. La cuestión a dilucidar es si se podría hacer lo mismo con el Reino Unido también fuera del marco institucional operativo. La verdad es que actualmente ya se hace así, en el Eurogrupo, donde Londres no entra, y muy a su pesar, porque no forma parte del euro. Todo es cuestión de determinación política, de saber hasta qué punto los que desean avanzar en la integración comunitaria están dispuestos a soportar el chantaje de los enemigos del sistema. Hay motivos para pensar que la paciencia se está agotando.

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