Reportaje | a. caballero

El último barrio de León

Los vecinos de La Inmaculada claman para exigir «los mismos servicios que otros»

La mitad del campo de fútbol ocupa un terreno privado, junto a las escuelas en las que se harán las

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León

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Al final de León está La Inmaculada; para todo, según los vecinos. No les queda «ni bar», después de que cerrara la Cacharrería, y para comprar el pan tienen que bajar «hasta Las Ventas», como explica la presidenta de la asociación Ventas Oeste, Mercedes Fernández. Pero no contaban con ver clausurado incluso el campo de fútbol 7: uno de los equipamientos sociales que «daba un poco de color» al barrio los fines de semana y que, debido a una resolución judicial, se mantiene cerrado hasta que la administración municipal pague por la ocupación de una parcela, asentada en el registro a nombre de un particular, que ocupa la mitad del recinto.

El justiprecio, que definirán los técnicos municipales que elaboran las actas de ocupación a las que insta la sentencia, se sucede más de 10 años después de que se abriera el equipamiento deportivo. En «el año 1984 se pusieron dos porterías y luego, en 1997, se adecentó todo», recuerda Fernández, quien rememora «cómo se rellenó de cascajo toda la laguna sobre la que está asentada». Nada alteró la normalidad, según la presidenta de la asociación vecinal, hasta que «se presentó el proyecto de las viviendas de alquiler protegido», que se levantarán sobre las antiguas escuelas del barrio, en la parcela aneja al campo de fútbol 7. Entonces, apareció «la reclamación y el cierre del campo», después de que «el propietario viera que allí, donde antes no había más que un disfrute público, se iba a hacer negocio».

Pese a que fuentes municipales confirman que se mantendrá el uso deportivo, los vecinos, que reclaman la parcela «al menos como zona verde», temen que engrose la lista de «equipamientos municipales abandonados a su suerte y condenados a desaparecer», reseña Fernández, quien exige «los mismos servicios que otros barrios». Mirar a su alrededor no les abona al optimismo: un parque infantil de tierra y «raquítico, sucio y pulgoso»; unas escuelas abandonadas; «tres líneas eléctricas que cruzan el barrio y cuyas torretas se hunden en un edificio»; un «camino pedregoso para peregrinar hasta la carretera Asturias»; «manantiales por las calles a causa de unas instalaciones de acometida de agua compuestas por muchos agujeros y unos trozos de tubo»; una «iluminación de candil y quinqué...». Suman y siguen. «54 de las 316 viviendas están ya deshabitadas», avisan.

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