Un lugar encantado en el centro de León
El mercado medieval llena el Barrio Romántico de ocio y gastronomía

El paseo en burro es una de las actividades que más sorprende a los pequeños en el Cid.
En el Mercadillo Medieval de las Tres Culturas caben mil olores. El recio de los quesos que se agolpan sobre el tablón del mostrador, cromados en la corteza para llamar la atención; el agridulce de los licores artesanos que se han alambicado durante meses en despensas; el salado del pulpo que los gallegos han apaleado nada más sacarlo del cobre y que compite en el entorno de San Isidoro con las pizzas y los crepes; el dulzón de las mermeladas caseras que traen recuerdos de la abuela; el somnoliento del pan que se posa después de haber probado el sol del horno de la plaza de San Isidoro; el encantador de las esencias a naranja y azahar que se mete por los sentidos... Todos reunidos en el Barrio Romántico de la ciudad, desde el Arco de la Cárcel hasta Botines, donde se condensa un universo encantado que habitan buhoneros, trovadores, caballeros sin armadura, doncellas con rastas y acento sudamericano. Y miles de leoneses, curiosos y sorprendidos, que ayer llenaron las calles en el primer día de un mercado que se extenderá hasta el día 4 de octubre.
Se prometen milagros médicos, que llevarían miles de pastillas, con sólo apoyar a la zona dañada un saco relleno de cereales y hierbas aromáticas. «En caliente, para las cervicales, los lumbares, los dolores menstruales, los cólicos; y en frío, para los golpes, las torceduras, las migrañas», relata una de las más de 140 comerciantes a una mujer que mira con incredulidad. Viene de comprar esencia de naranja «para las habitaciones grandes», de azahar «para dar calma en las estancias pequeñas» y «de bebé, para el armario de los niños pequeños», como le ha explicado una joven que, con pañuelo en la cabeza, blusón y mandil, le ha vendido el producto envuelto en una voz dulce con notas del otro lado del océano.
El crisol que es el mercado se admira en una piedra que, traspasada por la luz, irradia los colores del arcoiris. «Feng-shui», reseña la vendedora, mientras alrededor suenan guitarras y pasan grupos de teatro; en otro puesto se exhibe la cabeza de un tiburón y los dientes afilados como adorno para colgantes y pendientes; y junto al Arco de la Cárcel hay aves rapaces, ocas, un cerdo vietnamita...
Hay niños en el parque del Cid; ríen desatados en carreras o la espera del viaje en burro que les han prometido los abuelos. Uno, insomne con una maquinita en las manos y colgada del cuello, se pierde en la marea de pequeños que juegan con espadas y se invisten caballeros, damas, princesas, trovadores... Sube otro olor entre los pinos del jardín; son sueños.