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¿La felicidad en una botella?

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■ Era una tarde de verano, cuando salimos Guille y yo a acampar en el bosque cercanos a nuestras casas.

—Marcos -dijo Guille-, ¿Que tal te fue el viaje?

—NO muy bien- respondí-. Esperaba ver lo que mis padres decían que veían en su época. Decían que veían hectáreas y hectáreas de bosque de robles y abedules, y que los acebedos silvestres se veían cubriendo parte de esta maravillosa vista, como una lluvia de gotas rojas sobre los arbustos. Pero ya no. Puede que se conserve en otros muchos lugares de Galicia, pero yo lo único grande que alcancé a ver desde mi Peugeot fue la longitud de la AP-53.

—Aún así, algo interesante verías , no?

—Sí, es cierto. Vi una cosa que me sorprendió mucho. Siéntate y te lo contaré.

Guille se sentó inmediatamente en un tronco caído y reseco, con cierto color verde ,provocado por el musgo. Estaba impaciente por escuchar mis vivencias en la naturaleza gallega.

—Mira -le conté yo- cuando viajaba, más o menos a la mitad del trayecto, me fijé en una esfera amarilla delante de nosotros. Estaba demasiado lejos para que la pudiera distinguir. Como era de noche, no sabía muy bien lo que era, pero pronto lo supe. Cuando nuestro coche la rebasó, me di cuenta de que era un bulldocer amarillo, dispuesto a derribar un bosque. Pasamos de largo y yo contemplé incrédulo cómo se abría paso a través de filas y filas de robustos eucaliptos, mientras oía el gemido de cada árbol, llorando en su interior, seguramente pensando: ¿ Por qué tendré que caer yo, ante tal bestia capaz de demoler bosques sin el mas mínimo esfuerzo?

—Vaya rollo -respondió resoplando Guille-. Yo me esperaba que lucharas contra un león o algo así. —¿Leones en Galicia?- reí yo-. Creo que te confundes. En Galicia no hay grandes depredadores como leones o tigres, me temo.

Caía la noche y los últimos rayos de sol que salpicaban el bosque eran como ríos de lava que caían sobre nuestras cabezas. Guille encontró un buen sitio para acampar, así que plantamos las tiendas, cogimos cuatro leños, los dispusimos en cruz y encendimos una hoguera. Con ese fuego cocinamos las nubes que cenaríamos.

Nos acostamos en las tiendas y cuando nos despertamos sobre las nueve de la mañana, nos preparamos para continuar la excursión. Llegamos a un manantial del que salía agua cristalina. Aprovisionamos nuestras cantimploras y seguimos. De repente olimos algo extraño en el aire. Aunque proseguíamos sin alarmarnos, pronto lo haríamos al oír un fuerte sonido que, acompañado d e un gran vendaval, azotaba todos los árboles del bosque. Era un helicóptero de bomberos. Estaba cogiendo agua del manantial. Los seguimos con la vista y vimos el impresionante foco, del cual salían lenguas ardientes que devoraban cada árbol cual perro famélico royendo un hueso. Conseguimos salir de allí. A los dos días vimos bomberos otra vez inspeccionando el lugar.

—¿Cuál ha sido el origen del fuego?- pregunté yo.

—Al parecer- dijo el bombero-, los rayos del Sol pasaron a través de esa botella e incendiaron esa hierba seca. A partir de ahí se propagó por todo el bosque.

Miré la etiqueta de la botella de cerca, en la que sólo se podía distinguir una frase: «Destapa la Felicidad».

Marcos Martínez Senra

2º ESO. Ies Lancia

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