Diario de León
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césar gavela escritor

Hace unos años, el hijo de un buen amigo fue destinado profesionalmente a Alcañiz. Se lo comenté a Vicente Pueyo, que era de aquella ciudad de Aragón, y como yo le comentara que este chico llegaba allí sin conocer a nadie, él se adelantó y me dijo: que se aloje en casa de mis padres; y luego, desde allí, que se organice.

Lo dijo con total naturalidad. La del que conoce bien la bondad de su familia, que era la de él mismo. Vicente transmitía una bondad muy grande. Y eso, como decía Borges, es timbre de inteligencia.

Cuando venía a Valencia solíamos vernos. También compartimos alguna paella en Benicàssim, en el verano. La última vez que le vi, estas Navidades, tomamos un café en la plaza de la Reina, junto al Miguelete. Él siempre iba con su mujer, Mamen, valenciana, y con Natalia, su hija estudiante. Hablábamos de León y del mundo. Él lo sabía todo de la provincia. Lo narraba con serenidad, con su voz tan grave, de cantante lírico. Que también lo era.

Inspiraba confianza, seguridad. Nunca hablaba de sus logros periodísticos, de sus premios o de sus experiencias tan cruciales como cronista en el Madrid de la transición. Soñaba con jubilarse pronto, con venir a vivir al Mediterráneo, entre los naranjos de Carcaixent, la tierra de su mujer; o paseando por la playa y las viejas calles de Valencia.

Su muerte es durísima. Es algo por completo inesperado. Como tantos, he sentido el frío más helado en el alma. No consuela saber que murió haciendo lo que tanto le gustaba -”el ciclismo-”. No consuela nada. Queda su memoria bien anclada en nosotros. Eso deben saber Mamen y Natalia. Para ellas, el más emocionado de los abrazos.

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