León vintage

Esta serie de textos inéditos forman parte de una futura publicación de la colección «León insólito»..

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León

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Los archivos de la memoria leonesa nos hablan, desde fotografías que poseen toda la belleza de un tiempo que se niega a ser olvidado, de la mitología propia de una capital que llegados los meses de verano se empeñaba en cultivar el arte del buen vivir. El eterno pugilato sentimental entre hombres y mujeres alcanzaba su cénit en ciertos revoloteos amorosos que se multiplicaban amparados por las frondas de Papalaguinda, el paseo bajo los soportales de la Plaza Mayor o el parque de San Francisco, un bosque civilizado donde algunos noviazgos progresaron hasta alcanzar el buen puerto del matrimonio. El amor, ese diablillo juguetón que trae de cabeza a la Humanidad, afectaba en su locura pasional a todos los estamentos y clases sociales, sin hacer distingos entre señoritos, proletarios e incluso severos militares de graduación.

La prensa de la época reflejaba con una sonrisa de tolerancia las triquiñuelas y tejemanejes de los enamorados, siempre atentos a los usos y costumbres de aquel tiempo regido por reglas de civilidad y buenas maneras. Veamos un caso acontecido a comienzos de los felices años 20, cuando comenzó a aparecer por los jardines de San Francisco un hombre joven y rubio, de excelente presencia, vestido además con el uniforme de teniente. Parecía leer uno de los sesudos periódicos que se publicaban por entonces, aunque algunos testigos presenciales pudieron comprobar que se trataba de una impostura, pues por el hueco que se formaba entre su brazo y el revoltijo de papel impreso miraba con suma atención al corrillo de lindas muchachas que entretenían su ocio entre lecturas morales y trabajos con agujas de punto.

El objeto de su ensimismada atención era una preciosa morena, de grandes ojos negros, que vivía en una calle próxima al antiguo edificio de la Normal de Maestros. Naturalmente, la chica sentía la ardiente mirada del apuesto militar y, azorada, llegó a pincharse en los nerviosos dedos con las agujas de su labor. Si hablamos del galán, que estaba no menos alelado, su arrebato propició que intentara leer el periódico al revés, con las letras hacia abajo. Todo el mundo comprendió que la pareja estaba flechada por el arco de Cupido, así que «la marcialidad de ciertos elementos militares, depende ahora de una frase que la seductora morena de bellos ojos se digne conceder».

HABLA EL PAPA

Según avanzaba aquella pasmosa década que trajo consigo impactantes novedades, consideradas aberrantes por los más píos, como el corte de pelo en la mujer o modas cada vez más atrevidas, los estamentos conservadores enarbolaron los pendones de la decencia y la honestidad femenina, en lo que parecía una guerra en toda regla entre el tufo perverso del demonio y el limpio aroma de Dios. Día sí y día también se repetían los toques de atención a las madres de familia acerca de los vestidos de verano de sus hijas, con la finalidad de que las más descocadas no echasen mano del tópico del calor para hacer alardes de frescura. La ligereza y cortedad de las prendas causaba estragos, dejando casi en el olvido los trajes decorosos y mojigatos con los que las leonesas solían acudir a los juegos florales. Hasta el poeta se vio obligado a intervenir en el asunto:

A algunas niñas mayores

se les ven las medias rotas;

son las tristes consecuencias

de gastar faldas tan cortas.

Las Hijas de María de León, al igual que sus hermanas de congregación en otras ciudades españolas, emprendieron una suerte de cruzada de la modestia cristiana en la mujer, iniciativa que mereció el fervoroso aplauso por parte de la Iglesia. Añoraban la época de sus abuelas, aquellas recatadas señoras de pelo en bucles empalmados, miriñaque e inocentes juegos de prendas, una vez rezado el Santo Rosario en familia. Pero los tiempos habían cambiado, y en su opinión para mal, debido entre otras razones a los luciferinos escaparates capaces de exponer unos trajes que parecían envueltos en pólvora del diablo. El pudor, esa bella sombra de las almas puras y salvaguardia última de la hermosura, estaba de capa caída.

Las extremosidades inaceptables en el vestir desenvuelto y descarado llegaron a oídos del Santo Padre, que ante las congresistas de la Unión Internacional de Asociaciones Católicas Femeninas alabó la lucha contra la moda inmoral, una vergüenza para tan gran número de mujeres que se llamaban cristianas y deshonraban dicho calificativo. Después de confesar que dicho problema era una de sus más graves preocupaciones, Pío XI exhortó a las presentes y, por extensión al Universo católico, a combatir por la decencia de la moda, en nombre de la dignidad humana. Sabias y pastorales palabras las del Santo Padre.

JAVIER TOMÉ

PEPE MUÑIZ

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