León vintage

Esta serie de textos inéditos forman parte de una futura publicación de la colección «León insólito»..

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León

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Durante largas décadas, entre mediados del siglo XIX y casi hasta el estallido de la Guerra Civil --o Incivil, a decir de los más lúcidos-, la capital leonesa se mantuvo fiel a sus gustos y tradiciones. La memoria de aquel tiempo perdido nos acerca a un repertorio de costumbres a la antigua que condicionaron desde siempre el ser y el existir de nuestros abuelos. Una de las más festejadas por su deriva lúdica era la del paseo nocturno que se emprendía cuando caían las primeras sombras y remitía, a Dios gracias, ese calor de justicia que hace sudar hasta a las estatuas. Los leoneses de época decimonónica gustaban de pasear bajo los soportales de la Plaza Mayor, transformada en un nido de chismes donde ceñudas matronas practicaban a conciencia el noble arte de despellejar verbalmente a vecinos y conocidos.

Los tiempos irían cambiando en aquel mundo sencillo y alegre, así que el paseo fue saltando de ubicación siguiendo la ventolera de la siempre veleta moda. A comienzos del pasado siglo la vecindad eligió encontrarse en el Paseo de Papalaguinda, que según los más puristas evidenciaba varios inconvenientes. En primer lugar, lo vulgar de su nombre, y eso por no hablar del fétido olor que emanaba desde el todavía no canalizado Bernesga. La división social entre las distintas clases sociales también afectaba al carrusel de idas y venidas, aunque concluyendo la década de los 20 llegaron nuevos aires democratizadores, hasta el punto que las que lucían gorro y las que no lo llevaban se juntaban en amor y compañía.

Una vez consolidado el plan de Ensanche de la capital, el paseo de trasladaría a una avenida con tanto relumbrón como la de Ordoño II, columna vertebral del nuevo León. Sin embargo, entonces y siempre, el jardín de San Francisco, moldeado a medias por la naturaleza y la imaginación humana, es un hábitat del corazón que forma parte de la educación sentimental de los leoneses, al ser un espacio verde que guarda la esencia de tiempos muy pasados.

Cherchez la Femme

En 1856 nacía el entonces llamado «Campo frutal», aledaño a la iglesia de los franciscanos, con la vocación última de servir para adorno y recreo del público local. En 1864 ya estaba sembrado de tilos y castaños, árboles que entretejieron una tupida fronda bajo la que se cobijaron, a lo largo de generaciones, los enamorados y sus princesas, vigilados de cerca por severas carabinas que velaban por la moral y las buenas costumbres de la juventud. La indisimulada coquetería del jardín de San Francisco se prolongaba en dirección a Papalaguinda por el llamado Paseo del Túnel, o en el cercano campo de fútbol de la Corredera. Por cierto, y con el propósito de ahorrarse la entrada, eran muchos los espectadores que decidían subirse a los árboles del jardín para presenciar el partido en primera fila.

Y presidiendo el enclave, con la vocación de redondear tan perfecto decorado, se halla la fuente de Neptuno que esculpió Mariano Salvatierra en 1789. Una fontana que estuvo situada, primeramente, en la plaza de Regla, frente a la Catedral. Este rincón de alma verde tan cuidado y hasta mimado, fue durante muchísimo tiempo el lugar escogido para el paseo y, en definitiva, un coto ideal para cherchez la femme. Los encuentros puritanamente carnales se sucedían durante el verano en el andén situado justo enfrente del hospicio que ordenó levantar el buen obispo Cuadrillero. En el estío se instalaban luces con el fin de que las tertulias y coqueteos se prologasen hasta la madrugada, en una fiesta compartida y adornada por todo el brillo de lo mundano. Un sinfín de personajes tan menudos como coloridos se daban cita en el paseo. Y en primera fila, siempre maniobrando en busca de la muchacha elegida, los llamados «pollos retrecheros». Unos dandis de medio pelo, merecedores de burlonas poesías:

Te compras un par de guantes,

un puro de medio real,

una gafas elegantes

y otras cosas importantes que

requiere el caso tal.

javier tomé

pepe muñiz

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