humildad rodríguez

«nos trataban como niños y, a la vez, como adultos »

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León

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Humildad Rodríguez Otero es presidenta de la Fundación General de la Universidad y de la Empresa y profesora titular en el Departamento de Biodiversidad y Gestión Ambiental de la Universidad de León, y fue teniente de alcalde y concejala de Medio Ambiente de León. Como muchas personas de su generación veraneó en su pueblo, Secos del Porma, hasta los diecinueve años. Durante esos meses de calor, ella y sus hermanos ayudaban a sus abuelos en las labores agrícolas. Mientras tanto, sus padres trabajaban en la ciudad. Trillar, segar y recoger el lúpulo eran algunos de sus cometidos. «Trillábamos bajo un sol de justicia. Había que hacerlo con calor para que la paja no se pusiera blanda», explica.

Recuerda que los entretenimientos típicos eran recoger fruta de los árboles y dar paseos. «No había ni bar ni tiendas». Cuando llegaban las parbas y terminaban de trillar, todo el pueblo lo celebraba comiendo de una gran olla común. «Además la gente sacaba cántaros de barro con lomo en aceite, que era exquisito». Junto a su abuela y su tía iba a lavar la ropa al río. Declara que ese era el momento en el que las mujeres, en la orilla, contaban sus confidencias. «Me encantaba escucharlas», asegura Humildad. Otro particular momento era cuando el pueblo acudía a la Peña para hablar por la noche y «tomar la fresca». Terminadas sus labores, «hablaban de cosas cotidianas: de la muerte de una vaca, de que la hierba estaba mojada... Nunca de temas trascendentales como la guerra».

Cuenta que los niños y niñas de la villa buscaban herraduras para cambiárselas al chatarrero por bolas grandes de chicle: «Para nosotros era lo más». De vez en cuando iban al río Porma a bañarse. «Aún no existía el pantano», comenta al respecto. Al anochecer ponía retales con tocino por los regueros para atrapar cangrejos y luego comérselos, «había un montón».

Los domingos la gente del pueblo se reunía en las praderas comunales para pasar el día. Era el momento en el que los jóvenes coqueteaban. «Que si te miraba uno, luego otro...», recuerda entre risas

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Afirma que los garbanzos no faltaban ningún día. Otra comida típica eran los maragatos de pan que hacía su abuela. La relación con sus abuelos era buena, aunque afirma que «a los niños se le trataba como niños, pero, a la vez, como adultos». Confiesa que al volver a León le sorprendía que la gente no estuviese morena solo hasta la rodilla, bronceado del trabajador de campo. «Era una vida de autosuficiencia, regia. No teníamos la sensación de que nos faltase muchas cosas, teníamos cariño». GUILLERMO OTERO leonalsol@diariodeleon.es