Los que iban a fusilar el 24 F

En un listado de 27 nombres figuraban los leoneses que los promotores del golpe de Estado habían marcado para hacer desaparecer si triunfaban . Una lista negra con intelectuales, comunistas, socialistas y democristianos. León no fue un remanso la tarde del 23 F. Hubo movimientos para reclamar armas al Gobierno Militar, alerta en las administraciones, preparativos de huida por si triunfaba Tejero y hasta una lista con 27 nombres marcados para empezar la represalia en la mañana del 24 F. Treinta y tres años después, Cordero del Campillo, que encabezaba la nómina, desvela que aquello «no era una broma»

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Álvaro Caballero | León
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Lo señala con un dedo índice interminable, enhebrado en falanges como nudos, heredero de su envergadura de árbol casi centenario que se ancla en las raíces. Está ahí. En la primera línea después de las letras en negrita que agrupan a los elegidos de León: Miguel Cordero del Campillo. Debajo aparecen más: abogados, sindicalistas, catedráticos, profesores. Otros 26 nombres con sus dos apellidos, sin más adscripción. La lista de los fusilables. «Ahí estamos, los de morituri te salutant», bromea. Aquellos que estaban señalados para ser pasados por las armas si después de aquella tarde del 23 F de 1981, hace hoy 33 años, Tejero hubiera amanecido en la salida del Congreso de los Diputados con el golpe de Estado camino de reeditar el 18 de julio de 1936. «No sentía miedo, sentía tristeza y asco», confiesa quien fuera el primer senador leonés de las Cortes democráticas, elegido dentro de una candidatura independiente. El mismo hombre que estrenó el rectorado de la Universidad de León. El que había sido vetado en los años 60 cuando redactó una lección inaugural del curso universitario con un elogio de Gordón Ordás, colega veterinario leonés que presidió la República en el exilio. El hijo de un guardia civil. «No temí que vinieran a buscarme. ¿Qué había hecho yo?», insiste.

Pero figuraba en el listado. La nómina de nombres que hizo pública el semanario Actual el 20 de agosto de 1982, aunque apenas trascendió y haya fuentes que aseguran que hubo más. Una lista elaborada el 22 de diciembre de 1980 por las Milicias Populares Patrióticas, gestadas de la escisión de miembros del Frente de la Juventud, Fuerza Nueva, Fuerza Joven, Falange Primara Línea y Juventudes Nacionales Revolucionarias. Casi 3.000 personas, desgranadas en tres entregas de la publicación, que supuestamente hubieran sido fusiladas en el estadio Santiago Bernabéu. Una leyenda, según algunos, como los que han querido vender durante tres décadas que en León hubo calma. «Nada de eso. Había tocado todas las capitanías. Pero aquí no se atrevieron. Aunque hubo quienes fueron a reclamar armas al Gobierno Militar», cita Cordero del Campillo, uno de los pocos personajes que se ha atrevido a vulnerar el pacto tácito de silencio que se cerró con el fracaso de Tejero, la vuelta de los tanques de Milans del Bosch al cuartel de Valencia y la huida de Armada a cultivar camelias en su pazo gallego. «Los camaleones cambiaron de color y se mimetizaron con la democracia», recoge el catedrático, una eminencia mundial en el mundo de la parasitología veterinaria, en su libro Crónica de un compromiso .

Los conocía, a los que luego intuyó que le habían metido en esa lista. «Falangistas, de Fuerza Nueva, hasta colegas», cita. «No tenía miedo», repite. No lo tuvo aquella tarde del 23 F, cuando, incitados por los disparos de Tejero y el aviso desde Madrid, los miembros del PCE, que gobernaban los ayuntamientos de Igüeña, Fabero, Villablino, Puebla de Lillo o Peranzanes, se preparaban por si había que huir; cuando los sindicalistas leoneses metieron en un camión las fichas de afiliaciones por si hubiese que quemarlas, como contó en su día Fermín Carnero. Una alerta que no sintió Cordero del Campillo. «Lo recuerdo muy bien. Estábamos citados para escoger los cotos mi hermano, mi yerno y yo en Icona, en Ramón y Cajal. Entonces salió una chica socialista diciendo que habían entrado unos guardias civiles en el Congreso. Lo primero que me vino a la mente es que había habido una ocupación en Nicaragua. Se habían apoderado en Managua del Congreso y pensé, después de la sucesión de asesinatos de ETA, que era una campanada, copiando lo que había sucedido allí, disfrazados de guardias civiles», relata.

Nada que ver con la realidad. «Era un golpe de Estado. Mi yerno salió corriendo porque era comunista, mientras que mi hermano y yo fuimos paseando por Ordoño hasta Guzmán, sin que hubiera nadie por las calles», rememora. «Íbamos hablando los dos, como hijos de guardia civil, sobre qué tristeza de este país en el que no éramos capaces de avanzar en el desarrollo político; qué tristeza empezar otra vez, otra guerra, además, con la Guardia Civil», incide.

No se consumó el golpe de Estado, ni hubo guerra. Aquella tarde llegó a casa y se puso a escuchar la radio, mientras su mujer recordaba las amenazas que habían llegado después de su elección como senador. «Ten mucho cuidado con meterte donde no te llaman, pues la A.A.A. no perdona que un hijo de la gloriosa y benemérita Guardia Civil Española, se haya convertido en un traidor, al servicio de los asesinos de izquierdas. (...) Es el último aviso», decía uno que todavía conserva. «Bajo la piel de Cordero del Campillo se esconde la piel de Santiago Carrillo», se lee en otro que tiene colgado por su despacha. «Sabemos que eres un fascista que durante la opresión del hijo puta de Franco disfrutaste de todos los cargos que te apetecieron y te pusiste más de una vez la camisa azul y saludaste con el brazo en alto», le advertía otro. Siempre anónimos. Entre dos fuegos. Nadie fue a buscarle en la madrugada del 24 F. «Era consciente, cómo no, pero no tenía miedo», recalca una vez más.

Ni lo sintió entonces, ni «tampoco» 18 meses después, cuando encontró su nombre en la lista y se dio cuenta de que «estorbaba». «Había venido un día un amigo de Alianza Popular para decirme que tenía una pistola a mi disposición. ‘Ya sabes que tienes enemigos’. Yo también tenía pistola e, inmediatamente después de eso, la invalidé. Había sido de mi padre, una star tipo sindicalista. Se me inutilizó sin destruirla y hasta los de la Comandancia se extrañaron porque todo el mundo se estaba armando», desvela. «Yo no quería matar a nadie», abunda Cordero del Campillo. «No lo pensé entonces, pero luego, cuando me regalaron la revista con el listado, me di cuenta de que aquello no era una broma», añade con la cabeza despejada que, a sus 89 años, le deja todavía ir a diario a la Facultad de Veterinaria a trabajar por la mañana. «Yo resisto la hemeroteca», remarca como un emblema, mientras deja el dedo en alto, como una exclamación, como un tronco enhiesto con los nudos de sus ramas, antes de enfrentarse otra vez al interrogante que le han repetido durante tres décadas y que, como cada 23 F, vuelve parta buscarle.

—Si hubiera triunfado el golpe de Estado de Tejero aquella noche....

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—Si te matan, te matan. Qué más da, es una vez solo.