EL CRIMEN DE ISABEL CARRASCO
«No soy un héroe, sólo soy una persona normal que estaba allí e hizo lo que debía»
El policía jubilado que fue determinante para la detención de Triana y Montserrat reclama el anonimato.
La ciudad forma corrillos desde hace 10 días para especular sobre él. Hay teorías para todos los gustos, quinielas de nominados de renombre que se descartan cada jornada cuando se les pregunta, rastreadores que le buscan por la orilla del Bernesga a media tarde y le imaginan agazapado debajo de la gorra con la que aparece en las imágenes de la detención, cámaras que hacen guardia desde hace dos días a las puertas de los juzgados para verlo entrar. Le alaban los investigadores y el ministro del Interior admite que fue «determinante» para el arresto de Montserrat González y Triana Martínez, que sin su participación no hubiera sido posible hacerlo.
Ajeno al ruido y los focos de las cámaras que le buscan, un policía jubilado apura la tarde en su casa de un barrio de la ciudad, en una calle apenas sin tráfico, sin casi gente. «Sí, soy yo», contesta. Un policía jubilado más que no va a hablar «ni ahora ni después con ningún periódico ni con ninguna televisión», pero que atiende con paciencia y elegancia a este diario, en exclusiva, en una conversación muy breve. Un policía jubilado que reclama que no le insistan más después de horas de guardia junto a su portal para lograr su testimonio. Un policía jubilado que no quiere salir del anonimato. Un policía jubilado cuya declaración ante el juez figura como uno de los testimonios clave para inculpar a madre e hija. Un policía jubilado que se cruzó en la pasarela con Carrasco cuando iba de paseo con su mujer, que luego oyó «pum, pum, pum», se giró, vio a la madre que se daba la vuelta con el arma, vio que se reunía con su hija a los pies del puente, y entonces sacó el móvil, y guió a los agentes hasta las dos presuntas autoras del crimen de la mujer más poderosa de León, y las identificó. Un policía retirado como cualquier otro. «Una persona normal y corriente —puntualiza—, no un héroe, que estaba allí en ese momento e hizo lo que debía».
Este policía que no es un héroe espera ahora en silencio a que la juez lo llame a declarar, resguardado tras las medidas de protección que ha solicitado para su intimidad y el secreto de sumario que cobija el caso. Su testimonio se grapa a la sombra de Montserrat González desde que descerrajó los tres tiros a Isabel Carrasco. La declaración definirá cómo cruzó detrás de ella por Condesa de Sagasta, cómo en la calle Lucas de Tuy Triana Martínez siguió de frente, cómo la madre giró por Colón hasta Roa de la Vega y desde allí hasta la esquina de Gran Vía de San Marcos en la que habían dejado aparcado el Mercedes SLK plateado para huir, cómo alertó a los agentes que llegaron al arresto al grito de «esa es» cuando Montserrat intentó confundirlos amparada en que era «la mujer del comisario de Astorga».
¿Dicen que le van a proponer para que se le ponga una medalla al mérito?, se le pregunta. «No sé nada de medallas», contesta. No hay más palabras. Sólo queda un silencio anónimo. Un policía retirado que se encontraba «allí en ese momento e hizo lo que debía». Más o menos lo que la gente entiende por un héroe.