EL CRIMEN DE ISABEL CARRASCO
Los policías de Burgos niegan que forzaran la confesión pero reconocen errores graves
El inspector y el letrado de Montserrat cruzan acusaciones y reproches en un interrogatorio muy tenso. Los investigadores declaran que cuando Triana reveló quién tenía la pistola ellos dos estaban delante. Sostienen que la madre ya sabía que había una tercera persona implicada antes de que lo dijera la hija.

Raquel Gago mira con gesto de desaprobación a Santocildes, mientras los letrados defensores siguen el relato.
—Dígame si la preocupación que había era que se hubiese podido usar el arma reglamentaria del padre de Triana.
—No, no es cierto.
— ¿Por qué entonces había obsesión por encontrar el arma?
— No la había. ¿Qué me quiere preguntar? No lo sé, pero a mi no se me comisionó por eso, sino para dar más imparcialidad al caso. Encontrar quién tuviera la pistola no tiene nada que ver. Vine a supervisar el trabajo también.
—¿Por qué le llamaron específicamente a usted? Es un hombre que por lo visto resuelve las cosas no sabemos muy bien de que forma, pero parece que es el más listo, que todo lo arregla y dijeron: «Vamos a ver si él lo resuelve»...
—Me llamaron para interrogar a nadie. Vine a colaborar, no vaya por ahí...
—Cuando un detenido está en comisaría que quitan los elementos con los que se puede suicidar. ¿Cómo puede ser que una persona que está comiendo un bocadillo con usted esté en riesgo de suicidio?.
—Voy a intentar explicarme
—Se explica usted muy bien cuando quiere...
Y así varios pasajes más. Porque el interrogatorio a que sometió José Ramón García, el letrado defensor de Montserrat y Triana, a Alfonso Rodríguez Santocildes, el inspector de Burgos comisionado para la investigación del caso, se convirtió en el cuerpo a cuerpo más duro de las cuatro sesiones de vista oral que se han celebrado hasta ahora en el juicio. Por momentos, se rozó la pelea (dialéctica). Tono de voz elevado, gestos irascibles y presión. Mucha presión.
De lo declarado ayer en sala por los dos inspectores de Burgos que colaboraron en la investigación quedó claro que según su versión, es falso que ofrecieran a Triana un pacto a cambio de colaborar. No debió pensar lo mismo la imputada, que lanzó abiertamente una sonrisa de ironía y cierto rechazo mientras hablaba el policía, asintiendo reiteradamente con la cabeza: «Sí, sí, sí que lo hiciste, sí» se le leyó en el pensamiento.
También negaron los inspectores que se le exhibiera la declaración de su madre antes de que prestara la suya, que se le leyera un artículo del Código Penal referente a las eximentes por encubrimiento entre miembros de la propia familia y que se le sugiriese que declarase que su madre le había dicho: «Deshazte de esto», refiriéndose al bolso. Los inspectores, por contra, tuvieron más problemas para explicar por qué mintieron a la juez y le dijeron que no estaban en casa de Raquel Gago la tarde en la que la procesada denunció que había encontrado la pistola: «A veces vamos veinte y en el atestado solamente aparecen cuatro. Lo importante es que los que aparezcan digan la verdad. Lo corregimos y en una declaración complementaria dijimos que sí estábamos».
Ofrecieron una justificación abierta al motivo por el que el ordenador que utilizaban se habían consultado determinadas eximentes penales que la ley ofrece a quien encubre a un familia: «Lo miré yo para repasarlo, no es verdad que se lo enseñara a ellas para animarlas a confesar». Revelaron que madre e hija habían solicitado que al día siguiente volvieran a tratar con ellas los mismos policías y les dieron dos besos: «No es verdad que pensaran que veníamos porque éramos amigos de su marido y de su padre». Realizaron sólo dos preguntas a las detenidas «porque a veces no hace falta hacer demasiadas, pero eso no significa que ya tuviéramos pactada la declaración con ellas» y de paso dejaron un recado: «Encontramos mucha colaboración en los compañeros de la Policía Nacional en León, pero el jefe de la Brigada Provincial y la Comisaria Jefe no nos recibieron nada bien. No hubo ningún enfrentamiento pero...».
«Es rotundamente falso que les ofreciéramos salir a buscar la pistola a la calle y tirarla en una alcantarilla. Es una barbaridad absoluta. Nosotros no hemos ofrecido ningún trato en ningún momento. No voy a ofrecer un trato a ningún detenido. ¿Qué le iba a ofrecer yo? Eso no es así, no ofrecimos ningún trato ni ningún favor», apuntó Santocildes.
«Montserrat me dijo que no buscáramos el arma en el río, porque la tenía una tercera persona. ‘Mamá, no digas quién tiene el arma, que es policía’. Eso Triana no lo dijo entre dientes, lo dijo delante de mí. Estábamos todos en el mismo lado, estábamos con ellas. Es mentira lo que se ha dicho de que lo escuchamos desde detrás de la pared», aseguró.
Acoso, no
«La madre nunca me dijo que su hija hubiera sido acosada sexualmente» explicó el inspector principal. «Intuyo que Montserrat ya sabía que había una tercera persona en posesión del arma antes de haberse visto por primera vez con Triana. Había muchos policías en la zona del despacho cuando se conoció la confesión del arma, haber encontrado a Raquel hubiese llevado apenas unas horas. No recuerdo si la llamada recibida a las 17,19 estaba borrada. Pero duele que intenten tergiversar ahora los testimonios», se lamentó el testigo, que prestó su versión de los hechos por espacio de algo más de dos horas.
«El servicio de calabozos nos informó de que Montserrat amenazaba con suicidarse si no la atendía alguien de la investigación. Estaba muy nerviosa y sobre todo enfadada. ‘Que sepáis que estoy harta porque la comida no me gusta. Hay fabada de bote que me da un asco que no hay quien pueda con ella’. Pedimos un bocadillo de jamón y una Coca Cola y se tranquilizó», relató el inspector residente en Burgos pero nacido en León.
Sicarios
«Dijo que estaba harta del trato que Carrasco le estaba dando a su hija con unas injusticias clamorosas. ‘Antes de que acabe con mi hija, acabo yo con ella’. No estaba arrepentida. Estaba harta de escuchar que había que contratar a un sicario. Dijo: ‘Eso lo hago yo y ya está’. Le advertimos que lo que confesara allí no iba a servir para nada si no había presencia de un letrado. Ella estaba indignada por el trato que le estaban dando a su hija y preocupada por si esto habría salido en los medios. Por eso le enseñamos una información de la prensa en un ordenador».
Se preguntó el letrado de madre e hija por el motivo de que fueran reunidas en una misma comisaría cuando inicialmente se había decidido separarlas: «No hay ningún protocolo que especifique que los detenidos no puedan estar en la misma comisaría. Estas señoras eran peligrosas con un arma encima, sin ella no eran peligrosas».
«Estuvieron cinco minutos hablando con su abogado y no manifestaron ninguna disconformidad. Siempre se ofrece una ultima sugerencia al letrado y lo único en lo que insistió es en los motivos del crimen y que era conveniente que la viera un forense porque la forma de expresarse había sido un poco caótica», aseguró.
«En el transcurso de la conversación personal con Triana, surgió el tema de los estudios de Derecho. Le dijo a su abogado: ‘¿Sabes que Alfonso es de León?’ y Yo dije que me apellidaba Santocildes y que tenía un hermano abogado, pero se lo dije a Cornejo (el primer abogado de madre e hija), nunca a Montserrat. En el careo Cornejo dejó claro que yo no ofrecí a nadie, fue él quien me dijo que si conocía algún penalista bueno. Le dije que preguntara a mi hermano que él le podría recomendar a alguien», advirtió.