Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER
España y yo somos así, señora...
NO sé todavía por qué fenómeno de paralelismo, cuando me llegó la infeliz noticia de que a Rosa, ya saben ustedes a qué Rosa me refiero, porque en los últimos trimestres, en España, no había más que una Rosa, precisamente aquella en la cual habíamos puesto todas nuestras esperanzas, nuestros dineros y nuestra capacidad publicitaria oficial... ¿Me siguen? La Rosa apasionada, avasalladora, audaz y andaluza que aparecía en las pantallas nacionales como la heroína capaz de ganar no sé qué concurso de canción, al cual asistían representaciones hasta de Lituania, que ya ven ustedes que no es nada comparada con la Península Ibérico-Americana. Según los encargados de promocionar el nombre, gloria y milagros de esta España, tuya y mía, con permiso de los señores del centro derecha, según se va, Rosa era no ya la representación de la raza, sino el emblema de los eternos valores del alma hispana. Cantaba como los ángeles. Disponía de una gracia contagiosa y su seducción era transmisible a simple vista. con tan relevantes méritos y la aportación técnica de la Televisión Española, que para cosas así está, todos los españoles, incluyendo La Bañeza, Ponferrada y la Cultural y Deportiva Leonesa aseguraron no existir rey en el universo mundo, ninguna otra señora, señorita o niña de las de Bertín Osborne que pudiera arrebatarle el triunfo. Precisamente legaba de una de las operaciones más resonantes de la imaginación carpetovetónica: la llamada Operación Triunfo, por la que mujeres de generoso temple sentimental lloraban como si estuvieran asistiendo a la Representación de «Genobeva de Bravante» en tecnicolor. La competición tenía lugar en Tallin, que debe ser un lugar encantador y altamente musical de la Noruega de los fiordos y de los matrimonios reales sorprendentes. Y allí se dirigió Rosa y sus muchachas a arrancar a esa granada sangrienta, uno por uno los granos, como dijo el gran Fernando el Católico cuando tomó Granada, uno por uno sus granos. Ante tan memorable efemérides, los melómanos del mundo, los profesionales del globo terráqueo, incluyendo a los grupos leoneses ya motivos de expectación universal, se pusieron los auriculares y con los ojos desorbitados siguieron las incidencias de la singular batalla. Y cuando se enteraron, entre lágrimas, de que Rosa, la Rosa de España había sido vencida, aunque no humillada, España se cubrió de agua salada de lágrimas, como cuando lo del Arca del señor Noé... Fue un motivo de los que pueden servir para descubrir la condición, la sicología y el talante de un pueblo de figurones, de fantasiosos y de aparatosos, que se reparte la piel del oso, antes de cazarlo y que invita al banquete de bodas antes de conocer a la novia. España y yo somos así, señora, le decía aquel gentil capitán de los tercios de Marquina, de capa colorada y brioso alazán, y como era así y no había quién nos cambiara, tomaban Flandes por la pradera de San Isidro del Madrid de siempre. Era y es la misma España del Felipe aquel que así que se vio con unos cuantos barcos, ordenó la conquista de Inglaterra, poniendo a la escuadrilla el nombre de «La Invencible». Como rosa, se estrelló contra las rocas Y cuando en España no se ponía el sol, llegaban los abuelos de Bush y nos hundían los bancos y nos mataban los marineros y nos dejaban sin Cuba, sin Filipinas, sin las Marianas y sin nada que llevarse a la fantasía. Y nosotros, dale que dale con nuestras fantasmadas, asegurando que lo de Gibraltar se va a acabar y que a León, como nota pintoresca, vendrá los aeroplanos de combate cuando San Juan baje el dedo. En lugar de pararnos para reflexionar, nos echamos a las pantallas cantando nuestras glorias como si tuviéramos los triunfos en la mano... Lo de esta muchacha de Córdoba la sultana, que se decía en el alcázar de las perlas, nos ha llenado de tristeza, pero más, mucho más, nos ha desencantado confirmar que continuamos siendo un pueblo de fanfarrones, de presuntuosos, de cantamañanas, en vez de ponernos a trabajar...