Diario de León

Luis Artigue EL AULLIDO

Una columna sin tema

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León

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La columna sin tema como la vida de los mendigos, sin historia, sin anécdota única salvo algunos chispazos de luz lunar que le iluminan la acera al paseante lento, ensimismado, el lector de la vida actual que sabe pararse en los espontáneos recodos de belleza. La columna que fluye como un río de plata. Sonidos naturales. Transparencias que brillan tratando de teñirse del color de las cosas. La columna. Su condición efímera de leve mariposa que mañana habrá muerto. Eternidad caduca. El espacio propicio para ver con otros ojos. Noticia de noticias. Eco de quien no opina pero invita a opinar. La columna sin bala como una pistola de agua, sin peso, sin análisis. Que sólo tiene estilo y eso puede resultar lo más fácil si se tiene, o quizá lo imposible si se trata de imitar. Danza de frases. Magma. Arabescos verbales que esparcen la quietud de una vida que aspira a ser despierta, surgida, por qué no, también de este periódico cuando se lee entre las líneas. Nos cabe en la columna sin tema el mundo entero con todas sus aristas, sus guerras por motivos inventados y estúpidos, ideologías de segunda mano contrarrestadas con elocuencia demagógica, slogans como cebos. Cabe todo en una columna sin tema ni piedad. El Aullido de Allen Ginsberg teñido de magenta como un atardecer de León visto desde las lomas. La columna como una perspectiva ética para mirar el horizonte: ¡barco a la vista! ¡tierra! La columna sin tema que lee el mundo con prismáticos lo mismo que la otra, más convencional y lúcida, lo observa a su vez con microscopio haciendo con una pluma la consiguiente disección científica. Ya saben. La columna irracional, iconoclasta, políticamente incorrecta pero oscura, que avanza; no cuenta nada pero dice muchas cosas sin saber muy bien ni cómo. El criterio aplicado a nada que vale para todo porque una forma de escribir es una forma de mirar activamente el mundo. No importa lo que pasa tanto como su enfoque: periodismo. La columna o una pareja de hecho entre la literatura y el periodismo. Amontonados. Ilegales. Incompatibles pero acostumbrados viviendo en una buhardilla. La columna sin tema, ilegible e inolvidable, como excepción a una norma. A la norma. A toda norma. La columna que porta un punto de neurosis y vuela en ala delta sin ninguna intención de aterrizar. Sí, esta primera y última columna sin tema previsible, alfa y omega, discurso dictado por el otoño y su amarillo océano de hojas caídas y muertas -me quiere, no me quiere-. Lenguaje oscurecido por la gracia de quien acaba de releer intensamente el "Libro del frío" de Antonio Gamoneda (aún conservamos el don de admirar, como escribía el otro día Eduardo Aguirre) y trata de protestar porque últimamente las noticias parecen amenazas. La columna loca porque vuelve la guerra a Palestina y Oriente Medio ya que la historia-noria también está algo loca. ¿Dios no será humorista? La columna que no profundiza en nada porque lo inexplicable es tan sencillo que no se puede explicar. De pasada. A vuelapluma. Deslizándose igual que un elefante por una pista de hielo se abre paso la prosa o se hace música. ¿La poesía es noticia? Tal vez sí. Sin más detalle. En esencia igual que un cuadro abstracto. Sólo pequeñas cosas. Por ejemplo, el pasado fin de semana en "El semanal" que viene adjunto a este periódico, Ernesto Sábato nos hablaba con ternura de su vida, del mundo, de su hijo Jorge que ya ha muerto pero al que él recuerda cada día, y cree mientras lo hace poder oír aquel piano que tocaba el muchacho entonces. Misterio. La columna que pretende ir más allá de todo, más allá de temas y noticias, del día a día que rige páginas. Transcendencia litúrgica... He aquí la incontestable, rebelde, la imposible rareza excéntrica y nutriente de esta inverosímil, inexacta y perdida columna sin tema.

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