Diario de León
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León

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LAS ideas hoy se pueden transmitir por fibra óptica, están «on-line», se difunden por los canales de la televisión global. Vivimos en la época del comentario en tiempo real, ya sea en televisión o en la radio. La eclosión primera de un acontecimiento conlleva la formulación de opiniones inmediatas. Ahí el error de perspectiva puede ser considerable, del mismo modo que el impacto tiene un alcance y una penetración que supera en mucho sus antecedentes. Existe el poder mediático que se sustenta en los medios de comunicación de masas. Ese es hoy el sistema más potente de transmisión de ideas en los medios de comunicación aunque cuesta imaginarse a Pío Baroja opinando sobre Irak en una tertulia de medianoche. El nuevo modelo, dada la expansión del sistema audiovisual, da renombre popular a esos que hacen pública su opinión y llegan a convertirse en celebridades, miembros del «star system». A veces llegarán a confundirse con la «television personality», ese ser que existe y es alguien por el mero hecho de aparecer en televisión y dar bien ante las cámaras. Su comentario suele ser en tiempo real y abarca casi todas las áreas del conocimiento afectadas por la actualidad. El opinante, el intelectual o el periodista -sea generalista o especializado- emiten opiniones en público y los medios de comunicación les requieren de cada vez más, aunque su mensaje sea siempre breve y en el mejor de los casos, sobre todo por imperativos del «sound bite» televisivo. Como le decía Simenon a Maigret, la primera cualidad, la esencial de una verdad, es que sea simple. Aquí está por ver como los requerimientos del «sound bite» determinan el deber de escrutar la complejidad de nuestro tiempo. Los medios de comunicación necesitan llenar una gran cantidad de espacio impreso o electrónico, dice Richard Posner en su libro sobre los intelectuales públicos. Ahí se da una batalla por los nichos de audiencia, en un mercado de canales generalistas y canales especializados. En estos casos entre dos polemistas igualmente persuasivos el espectador tiende a alinearse con quien «a priori» coincidiría, sugiere Posner. Uno busca que le ratifiquen sus opiniones o prejuicios. Por el contrario, incomoda verlos puestos en duda. Estamos a dos pasos de una modalidad de entretenimiento y distracción, aunque de cierta índole superior y estimulada de pensamiento y curiosidad intelectiva. Incluso la conexión entre sátira e ideas ha cambiado. Cada noche, de punta a punta del planeta, valores y creencias se ven sacudidos por el humor del «talk- show». Nos reímos pero uno se pregunta si la risa continua siendo una catarsis creativa. La filosofía nos enseñaba que el humor es en realidad una búsqueda de orden en un mundo en desorden. De todos modos, quizás no sea ese el humor del «talk-show» que conocemos y padecemos. Lo chabacano y la superficialidad alcanzan tanta hegemonía que el «talk show» y los esperpentos de media noche operan mediáticamente al margen de las ideas.

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