Luis Artigue EL AULLIDO
Kike Fernández
EL teatro simula la vida y eso, aparentemente, le da un tamiz de mentira. Por tanto los teatreros necesitan, al concluir la función, el epílogo feliz del aplauso para que puedan saber que no ha sido mentira, que ha sido verdad en la medida en que alguien, el espectador, se lo ha creído. Acaba de morir Kike Fernández, un Peter Brook de provincias, el físicamente destartalado y vulnerable animador escénico que, en la dramaturgia leonesa, tenía algo de pionero, mucho de incentivador y bastante de ruptutista para lo bueno y para lo malo. En su ejercicio de la didáctica teatral, que ejerció durante años en talleres, compañías de base y el CEAT, que derivó en la Escuela de Teatro de León, enganchó con su altruista y docta intensidad a mucha gente joven para el teatro, aunque frecuentemente ese enganche se rompiera casi siempre por el mismo motivo. Y es que Kike no llevaba bien que sus discípulos crecieran. Aún así es innegable que infundía gran voluntad (era autodidacta, aprendió incluso dos idiomas por su cuenta y consiguió un altísimo nivel de ajedrez), así como disponibilidad y fuerza y ahora, que ha caído el telón en su vida, reconocerlo es un aplauso final. Como pasa con quien inicia un camino, y no es injusto decir que en la escena leonesa Kike inició un camino, hubo momentos en los cuales su mano estaba en casi todo pero progresivamente la oferta se fue diversificando y empezó a ser menos «kikeska», aunque todos los teatreros de aquí con los que he podido hablar, los trabajadores en el teatro de base como Pedro Blanco, Concha Carriedo y Jefry de la Varga, actores y empresarios que viven de lo que les gusta como Javi Cambero, y otros, no dejan de señalar el valor fructífero de esa trayectoria vital, la de Kike, sin obviar tampoco su lado oscuro, claro, que es siempre el más humano. Colaboró con las primeras compañías estables de esta ciudad, como Diadres y Vademécum, y dirigió otras como Brutélico, La Fragua y el Teatro Universitario en una etapa hermosa y mítica del teatro leonés; formó además a lo largo de los años una envidiable biblioteca dramática que incluye ejemplares inencontrables conseguidos en la librería especializada de Madrid La avispa; vivió, en suma, la religión del teatro y el teatro fue casi una terapia que le intensificó la vida. Por eso ahora, precisamente ahora, nos toca a los espectadores reconocer que quien dedica su vida a la escena es un humano que cree en el ser humano, en todos nosotros y en nuestra posibilidad de crecer y mejorar mediante la catarsis que puede suponer ver nuestras pasiones, incongruencias e incertidumbres puestas en carne viva sobre las tablas del escenario. El espectador puede liberarse, llorar o quedarse sin máscara en su butaca y por eso, para eso, debido a que alguna vez puede producirse ese milagro, los teatreros viven la religión pagana del teatro como un acto de generosidad vital nunca suficientemente reconocido. Ellos son la constatación de que existe otra forma de ser nosotros mismos, ellos hacen de espejo de la vida, ellos explican nuestras almas en conflicto al tiempo que encarnan historias como tratando de hacernos aprender por cuenta ajena, diciéndonos de paso que nuestras desgracias, éxitos, grandezas y miserias son universales e intemporales, pues vivir se trata de lo mismo para todos. En fin. Como les digo, ha muerto el personaje de algún drama de Shakespeare o el de alguna comedia de Moliere. Eso conmueve, sí, pero como demuestran muchas obras dramáticas geniales, las lágrimas no debilitan sino que enseñan. Valga este aplauso de palabras para que Kike sepa, aunque sea de forma póstuma, que esa simulación teatral de su existencia no ha sido mentira, que ha sido verdad porque algunos la hemos visto y nos la hemos creído. Como dice la canción: El espectáculo debe continuar.