Diario de León

RETABLO LEONÉS

Recordando a Guzmán El Bueno

Próximos ya los 750 años del nacimiento de uno de los leoneses más ilustres de la extensa nómina que distingue el buen hacer de nuestros paisanos a lo largo de la Historia, en distintas y distantes geografías por esos mundos de Di

La estatua de Guzmán el Bueno, poco tiempo después de ser inaugurada en el año 1900

La estatua de Guzmán el Bueno, poco tiempo después de ser inaugurada en el año 1900

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Enrique Alonso Pérez Redacción - LEÓN.
León

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Corría el año de gracia de 1894, cuando al flamante diputado a Cortes por la circunscripción de La Bañeza, Gabriel Fernández Cadórniga, se le ocurrió la idea de conmemorar el VI centenario de la gesta que nuestro paisano, Guzmán el Bueno, había llevado a cabo en Tarifa allá por el agosto de 1294. Fuese por el entusiasmo con que el parlamentario bañezano defendió su propuesta, o por la querencia hacia la tierra leonesa que demostró siempre el jefe del Gobierno, señor Sagasta, al tener aquí casada a su única hija, Esperanza, con el joven político Fernando Merino, el caso es que el 18 de julio de aquel 1894, la reina regente firmaba en San Sebastián un decreto Real, presentado por el propio Presidente del Consejo de Ministros, en el que podía leerse: «Don Alfonso XIII, por la gracia de Dios y de la Constitución, Rey de España, y en su nombre y durante su menor edad, la reina regente del Reino, vengo en ordenar que se erigirá en León una estatua representando la figura de Alonso Pérez de Guzmán «El Bueno», hijo de aquella ciudad. Se fundirá por cuenta del Estado en la fábrica de cañones de artillería de Sevilla, facilitando el Ministerio de la Guerra, para el expresado objeto, el bronce necesario». Y así fue, cómo cuatro años más tarde, en 1898, el escultor Aniceto Marinas terminaba el Guzmán de bronce para colocarlo sobre el pétreo pedestal diseñado por el arquitecto Gabriel Abreu. Pero los leoneses no parecían dispuestos a darle las «bendiciones» de la inauguración al más preclaro de la saga de los Guzmanes. Por una parte, el Concejo, falto de dineros, por no variar, demoraba intencionadamente el visto bueno a la obra. Mientras, gran parte del pueblo leonés, criticaba la hechura del monumento, hasta que los regidores, en espera de mejores tiempos, decidieron tapar al «Bueno» de Guzmán con un saco de arpillera que denotase lo inconcluso de la obra. Pero León siempre fue tierra de gentes socarronas y ávidas de sucesos que den pie y justifiquen su natural tendencia a la rechifla de fina ironía. Así pues, los posibles precursores de un institucionalizado «Genarín», encontraron una ocasión, que ni pintada, y agrupados en torno a su peña de «Bernesgos», salieron una noche de verano, encabezados por los evangelistas de más predicamento: «Sangrín» el pintor; Santos, ebanista por herencia y acordeonista por vocación; «Manolín» el barbero, que alternaba la navaja en el establecimiento de Santa Ana con su inigualable fama de guitarrista, y el alcahuete de todos ellos, «Rito» el trapero, que desde su establecimiento de la calle Fernández Cadórniga organizaba las tramas burlescas. Seguidos de un buen número de comparsas, y ataviados con rimbombantes levitas y chisteras, quisieron rendir un homenaje nocturno a la pasiva y tapada estatua. Y dicen las crónicas de la época, que con el más armonioso de los acompañamientos musicales, se oyó cantar a nuestros hombres, en tono de «murga», la copla siguiente: «¡Ay Guzmán, como te han puesto!/ ¡Hay que ver!, que capisayo./ Mucho mejor estarías/ con levita de don Cayo/.(1) Los serenos, avisados del suceso, acudieron presurosos a disolver «pacíficamente» la reunión, pero ante la resistencia del personal, no tuvieron más remedio que «hospedar» a los más rebeldes en el cajón municipal, que así se llamaba al calabozo que hasta no hace muchos años se encontraba adosado a la muralla que cierra la llamada huerta de San Isidoro en Ramón y Cajal. Después de dos años Parece ser que el presidente de la Diputación, Modesto Hidalgo, y el alcalde leonés, Perfecto Sánchez Puelles, encajaron las puyas con una relativa filosofía, pues poco tiempo después, el quince de julio de mil novecientos concretamente, ambas corporaciones procedieron a la inauguración oficial del monumento, de una manera extraña, pues según hemos podido leer en el acta que se conserva de aquel día, el encabezamiento dice textualmente: «En la ciudad de León, a las cinco de la mañana del domingo 15 de julio de 1900, se reunieron en el Palacio Provincial los señores, presidente de la Diputación y alcalde de la ciudad asistidos por sus respectivos secretarios, y acompañados por los miembros de las dos corporaciones. Acto seguido se trasladaron a la Glorieta en que ha sido levantada la estatua de Guzmán el Bueno, que está situada al final de la calle de Ordoño II, en la carretera que une a la de Adanero a Gijón con la de Villacastín a Vigo, y el señor presidente de la Diputación, después de descubrirse, así como los demás señores circunstantes, tiró del cordón que sostiene la bandera nacional que cubre la estatua y la separó de ella, quedando descubierto el magnífico monumento construido en observancia de lo dispuesto en la Ley de 18 de julio de 1894». Y el «Melladín» de Pedrosa del Rey, Antonio Valbuena, desde su retiro pueblerino, escribía en 1913, con la saña crítica que le caracterizó, un extenso artículo, en su libro «Caza Mayor y Menor», del que sólo transcribimos la entradilla, por razones de espacio: «Una mala obra se ha hecho modernamente en León, por cuenta de la Diputación Provincial. Erigir a uno de los leoneses más ilustres, a Guzmán el Bueno, una estatua ignominiosa, y por desgracia está colocada en sitio muy visible, en la entrada de la ciudad viniendo de la estación; de manera que es lo primero que ven los forasteros. Es de esperar que desaparezca cuando en la Diputación esté en mayoría el buen gusto. Porque el gran Guzmán aparece cabizbajo, con la barba metida en el pecho, tirando el cuchillo de mala gana, como por obligación, con los dedos engarabitados y volviendo el rostro». (1) Don Cayo Valbuena era un rico terrateniente leonés dueño de los terrenos y casas de la llamada «Travesía de don Cayo», hoy calle del Burgo Nuevo.

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