Margarita Merino WONDERLAND

Los jóvenes americanos (I)

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León

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Al comienzo de las clases los jóvenes americanos me escuchaban tumbados en el suelo golpeando rítmicamente una música inexistente que tampoco sonaba en mi corazón. Veía moverse sus lapiceros, sus zapatillas deportivas, y yo tenía pánico de su curiosidad: sentía en la piel como medían centímetro a centímetro mi debilidad, y sólo deseaba salir corriendo muy lejos de las cárceles-aulas y gritar, gritar, gritar... Algunos miraban el movimiento silencioso de mis labios, convirtiéndome en una imagen absurda privada de sonido inteligible, desposeyendo a mi discurso -del que tanto dudaba- de cualquier sentido lógico, escondidos como estaban detrás de los auriculares de los walkman y los pequeños aparatos electrónicos con que llegaban arropados a las clases de idiomas que consideraban insignificantes. Con un marcado acento gringo los más arrogantes se reían de mi inexperiencia, ponían los pies sobre las mesas cómodamente en las últimas filas, comentaban alegres que yo hablaba en mal español a carcajadas porque ellos no me entendían. ¿Qué eran esas eses, esas zetas y ces, esas erres y jotas? ¿Y aquella sinceridad desconocida con la quise sentar las bases de referencia, el punto de partida? Asombrada por la constante obsesión de su país con clasificar en cada formulario a cada individuo en las casillas de los colores de piel y de las razas, intenté aclararles conceptos erróneos: no se podía confundir la cultura hispánica, tan compleja y variopinta, con una raza. Pero cualquier intento de explicar estas ideas me pareció inútil. Parecían vivir inmersos en las teorías de la limpieza de sangre, y muchos creían ser los únicos blancos del planeta, como si eso fuera una garantía imprescindible de pureza personal que eximiese de tanta tontería. Otras teorías me hacían reir si no pensaba en profundidad en su significado. Mi hija y yo habíamos descubierto recientemente que España no era un país de Europa: ahora supimos que pertenecíamos a Eurasia. Después de unas lecturas, algunos de mis estudiantes siguieron confundiendo a los chicanos con españoles comunes y pensaban que España estaba situada muy cerca de México. No eran extrañas sus teorías sobre el espacio: América, colocada exactamente enmedio de los mapas, presidía desde el centro los con tinentes rotos sobre el papel, acaso para recordarnos su protagonismo y sus derechos de propiedad sobre el planeta azul. Los hijos de Reagan y Bush no sabían cómo era el mundo más allá de su imperio, describían sus gobiernos como admirables y pacíficos, altruistas, inversores sacrificados de la paz en los desórdenes del mundo, creían que el resto de los países admiraban su política exterior, y las palabras «paz», «riqueza», «educación», las consideraban sinónimos de Norteámerica. Garabateaban simulacros de letras desármonicas a lápiz, desconocían cualquier atisbo de simetría, y los márgenes eran curvados perfiles que me recordaban las carreteras de la costa del noroeste de España: Asturias y Galicia volvían a mis sienes en el torpe grafismo de los papeles que con frecuencia me entregaban sucios, arrugados, sin grapar, mis perezosos aprendices. Su fraseo era breve y machacón, lleno de atentados contra la ortografía elemental, preñado de conceptos infantiles, redundancias, descaro, y muchas veces podía comunicar una ingenuidad cautivadora, si se podía hacer abstracción por encima de aquella desoladora ignorancia de la que no eran conscientes, animalitos míos. (Continuará) Para Margarita Lliteras y Jesús García Varela

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