Diario de León
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León

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Entre las distintas formas que tiene el ser humano de combatir la nada, una es la pintura. Sueño tangible. Cara buena del mundo. Callejón sin entrada. Belleza retenida para siempre como si el tiempo no contara, como si la muerte no tuviera vigencia. Ahora que Lucio Muñoz -uno de los referentes plásticos españoles del siglo XX- ya ha muerto, la galería Ármaga lo resucita unos días para nosotros trayendo a León esta exposición memorable que les aconsejo visitar con detenimiento. Intuyo lo difícil que habrá sido conseguir que vengan aquí estas obras, pero no es por eso por lo que no pueden pasar desapercibidas. Se trata de una muestra variada que incluye grabados, obra única en papel y cuadros matéricos en los que podemos contemplar ese dominio de la técnica mixta que hizo admirado y seguido a su autor ya desde los años 60, y que derivó álgidamente en la consecución en 1983 del Premio Nacional de Ates Plásticas. Este artista forma parte de una generación de pintores con fuerte formación académica y que cuenta con varios nombres clásicos que serán canónicos, como por ejemplo Antonio López, Luis Feito, Carlos Saura y el propio Lucio Muñoz. Pero entre ellos esta exposición nos confirma a LM como un gurú de las texturas, que es capaz de fabricar arquitectónicamente obras que se salen del plano del cuadro llegando casi a la escultura. Y lo consigue empleando materiales de desecho, maderas olvidadas, como tratando de decirnos que todas las cosas tienen alma y son susceptibles de ser integradas de forma hermosa. Así vi yo esta exposición, como quien va a contemplar la materia después de que un ilusionista la ha tocado con su varita mágica dotándola de colores contenidos que emulan paisajes o universos densos. Abstractos. Hay quien sabe entonar los objetos, quien los reinventa, compone y dota de profundidad. Probablemente, entre lo que ha venido ahora a León, sea la obra en papel lo más difícil para el espectador, soporte donde este artista despliega sus ensoñaciones geométricas y demuestra, mediante un lenguaje que combina el esencialismo y la sorpresa, haber asimilado muy bien a los primeros abstractos que se vieron en España, como Paul Klee o Torres García. El reconocimiento y prestigio no es sinónimo de agradecimiento individual, pues en realidad no habría premios suficientes para otorgar a los buenos pintores, a quienes nos educan la mirada y nos regalan de un vistazo una mejor dimensión de nosotros mismos, a esos seres que saben conducirnos más allá de lo real. Mirar sus cuadros pudiera ser transportarnos a ámbitos vitales colindantes con la ética. Ve quien va más allá. Hay quien mira la obra de Lucio Muñoz y se sorprende comprobando como integra elementos que previamente parecían inintegrables -sus puzzles artísticos no dan una medida del caos sino que conforman, en mi opinión, un hermoso todo armónico-. Hay quien busca la figuración oculta, quien va deshojando capas de significados. Otros nos encaramos a la obra de este artista y la sentimos como un reencuentro, como algo ajeno a nosotros que habla elocuentemente de una parte invisible de nuestra personalidad, y también de cómo vemos el mundo. Esta exposición como una protesta silenciosa, rebeldía práctica, concienciación activa necesaria para no permitir que la marea negra nos siga contaminando nuestra forma de pensar y de vivir. Esta exposición como una reconstrucción anímica, como una forma de recordar que todo sirve para el acto inútil e imprescindible de la belleza, que todas las cosas tienen la misma importancia. Quien sienta que la vida es para exploradores, que siempre hay ventanas iluminadas en los edificios oscuros; quien piense que el arte es un prodigio de la comunicación, que mirar un cuadro puede parecerse a una negociación de alguien consigo mismo. Quien crea aún en la imaginación como un atributo que tiene el ser humano para mejorarlo todo, no debiera perderse la última exposición de la galería Ármaga.

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