El niño desaparecido en Oliegos

Imagen de 1946. El embalse de Villameca inunda las casas de Oliegos que aún quedan en pie, pero con los tejados poco a poco derrumbándose.
Cuando la niebla se disipó aquella mañana de septiembre sobre las ruinas de Oliegos, los senderistas que recorrían la cola del pantano de Villameca, en las estribaciones de La Cepeda, se quedaron boquiabiertos. Un niño caminaba descalzo entre los restos de las casas a medio inundar del pueblo que había desaparecido bajo las aguas embalsadas del río Tuerto.
No tendría más de diez años. Vestía pantalones cortos y camisa blanca de mangas largas. Colgada en su cuello, una medalla de plata reflejaba la luz temblorosa del amanecer. El cabello oscuro caía algo desordenado sobre su frente; sin embargo, la expresión del muchacho era tranquila, como si no tuviera nada que temer pese a lo extraño de la situación.
Al divisarlo, el grupo senderista detuvo la marcha. Resultaba insólito que alguien pudiera estar allí a esas horas. Uno de ellos, el hombre de más edad que hacía de guía de la cuadrilla, avanzó hacía el chaval. De pronto, el corazón le dio un vuelco ¡Lo conocía! ¡Sí, era el chico de la foto! Su nombre se había convertido en una vieja historia, en una leyenda que contaban los ancianos junto al fuego o en torno a la mesa familiar. Su foto en blanco y negro, de cuando tomó la primera comunión, estuvo circulando por la comarca durante décadas.
—No puede ser… —murmuró el hombre— ¡Eres… Daniel!
El niño lo miró con curiosidad.
—¿Dónde están todos? —preguntó con voz resuelta.
El hombre sintió un escalofrío. Su mente regresó a la historia que tantas veces escuchó de labios de su padre. Daniel, el hijo del panadero, había desaparecido el día que las aguas apresadas comenzaban a inundar los prados cercanos a Oliegos. Mientras las familias recogían sus enseres para abandonar el pueblo y embarcar en el tren que les esperaba en la estación, camino del nuevo asentamiento de Foncastín, él se escapó y nunca lo encontraron, pese a que lo buscaron desesperadamente.
Algunos, los más fantasiosos, decían que el pantano lo reclamó como sacrificio por las mercedes que las aguas darían a la comarca. Otros, los más juiciosos, que huyó por miedo a lo desconocido. Pero lo que todos sabían era que nunca volvió para desconsuelo de sus padres. Hasta ahora.
—Rapaz… —dijo el hombre con la voz quebrada— ¿De verdad eres Daniel?; han pasado ochenta años…
El niño frunció el ceño.
—No puede ser. Me quedé en casa cuando los demás se fueron. Miré por la ventana…, el agua avanzaba por las praderas. Pero luego… luego… —Daniel dudó, como si un velo nublado cubriera sus recuerdos—. Luego, Oliegos seguía aquí.
El grupo de senderistas se inquietó, incapaces de entender lo que estaban presenciando.Daniel observó con creciente preocupación el suelo que pisaba. Seguidamente, caminó dubitativo por las ruinas de la aldea, acariciando las piedras de los muros desplomados, como si buscara algo.
—Mi madre estaba aquí…, la vi en la cocina. Mi padre metía el pan en el horno. La señora Carmen cosía en la ventana… ¡Los vi!
Al tiempo, la brisa levantó un leve murmullo entre las reliquias del poblado semisumergido en un mes, septiembre, que se mostraba seco. Las aspas de los molinos eólicos del monte de San Bartolo comenzaron a moverse con un ligero silbido… y entonces, todos lo advirtieron. No estaban solos. Los senderistas miraron hacia la profundidad del pantano. Por un instante vieron como emergía la silueta del pueblo intacto, con sus casas, la iglesia, el cementerio, sus calles sinuosas, la fuente empedrada... Vieron también a personas moviéndose dentro y escucharon conversaciones de un pasado que nunca se desvaneció del todo. De pronto, Daniel sonrió.
—Ahí están —susurró.
Dio varios pasos adelante y poco a poco su figura comenzó a disiparse, sin prisa, con lentitud, con esa lentitud ancestral de los bueyes cuando marchan con sosiego hacia su deber.
El hombre que guiaba a los senderistas quiso detenerlo, mientras el grupo permanecía inmóvil como una estatua de sal, pero algo le dijo que no debía. Oliegos llamaba de nuevo a Daniel, acaso como ofrenda por las mercedes que las aguas dispensaban a las tierras de la comarca. Cuando la neblina volvió a cubrir el embalse, el chico se había desvanecido en el horizonte. Se eclipsó mansamente como el sol al poniente en septiembre, el mes que seca las fuentes.
Y en el aire flotaba el aroma a pan recién horneado. El pan que el padre de Daniel preparaba para la aldea.