Adiós al taller artesano más emblemático del casco antiguo de León
El último zapatero histórico de la ciudad antigua, Antonio Fernández, baja la trapa de su local de Torres de Omaña, tras 41 años de oficio heredado de su suegro, quien lo abrió en 1962

Antonio Fernández, en su taller de la plazuela de Torres de Omaña de León, que cierra este sábado tras 63 años abierto.
La horma del casco histórico de León la deforman los pisotones de la modernidad sobre las huellas de la historia. Los tropezones de la especulación turística y la depredación hostelera alteran la plantilla de una ciudad antigua a la que, exiliado la mayoría de su vecindario, le han cambiado el paso. No le queda ya, desde este sábado a mediodía, ni siquiera el último zapatero que mantenía, en la plaza Torres de Omaña, corazón del barrio de Santa Marina, hoy rebautizado Romántico para atender a las modas, el pabellón de los artesanos de otro siglo a los que despide la actualidad con un taconazo.
Antonio Fernández Álvarez baja la trapa de la zapatería que abrió en 1962 su suegro, Carlos del Río, en el localín que parte en dos el portalón de entrada al palacio del Cardenal Lorenzana. No sólo se cierra un negocio más en el casco histórico. Se quiebra una línea del tiempo por la que han pisado miles de leoneses sin que nadie coja el relevo. «Me jubilo ya porque ya tengo los años y llevo muchos. Hubo una persona interesada en el traspaso pero, al final, no pudo por problemas familiares», lamenta el artesano, que aprendió el oficio junto al padre de su esposa, después de abandonar la construcción en 1984. «Vine, aprendí y nunca me ha faltado el trabajo», sentencia, para resumir el paso del Rubicón que ahora, 41 años después, deja atrás con el retiro ganado a pulso, como hicieron en el Rapidito de la plaza de la Inmaculada.
El local, donde en un origen hubo un quiosco, guarda la esencia de los años en los que su suegro colgó el cartel de madera de «Zapatería C. del Río. Ortopédico» que aún ondea en la fachada de la casona siglo XVIII. Justo debajo del frontón curvo sobre el que descansa el blasón de la familia del insigne cardenal, último reducto del esplendor de las familias de abolengo que poblaron la plazuela, la entrada reparte el espacio entre el escaparate, de apenas dos palmos, y la hoja de la puerta que da acceso a otro tiempo: una época en la que León se reconocía por el trato de las tiendas de barrio y el valor de sus artesanos. «Hay gente que hace más de cuarenta años que viene, que ya estaba con mi suegro. Además, se va haciendo clientela, si trabajas. Algo habré hecho bien», concede sin levantar la vista de un tacón.
Hubo un interesado en el traspaso, pero no se concretó y ahora el barrio pierde otro negocio artesano
La cápsula espacial apenas suma más de 14 metros cuadrados. El localín amanece en un recibidor en el que descansa una antigua máquina de coser con pedal, arrumbada junto a la pared. La estancia se divide con un mueble, con pretensión de exhibidor, que deja a la derecha un mostrador de poco más de dos huellas de un 43, por debajo del cual se pasa al taller en el que se afana Antonio Fernández, con un tuvo fluorescente que pende sobre su cabeza como única iluminación al margen de la lámina de sol que, en este agosto que vence, entra desde la calle. Asomarse ahí remite a un universo propio que da forma una tarea, paciente y curiosa, ajena a los tiempos del usar y tirar.
Visto desde arriba, el artesano, encastrado en una silla de madera sobre un cojín descosido que alterna con una banqueta alta, se abisma en un espacio que comparte con una lijadora, estanterías en las que se retrepan sin concierto aparente decenas de zapatos, botes de tintes y cremas, bolsos, cajas, retales de cuero, hebillas, cepillos finos y gruesos, recortes de pilis, resmas de papel de periódico viejo con la forma de la planta de un pie, suelas gastadas que jurarían haber caminado el mundo y, encima de una mesa en la que se acumulan colas y herramientas hechas a la forma de la mano hasta parecer otro apéndice que se ha adherido a la palma, las gafas abiertas y un elemento extraño que se ha colado en la escena de otro siglo: un datáfono.
«En vez de dos buenos, ahora se compran cinco pares de zapatos malos que cuando se estropean se tiran», lamenta
No hay otra referencia que muestre que la zapatería ha trascendido el siglo. Como mucho, el folio pegado en la pared con las equivalencias de pesetas a euros. Pero en este siglo o en el pasado, Antonio Fernández ha hecho «de todo: reparar los zapatos de piel y los deportivos, colocar pilis, arreglar las bandoleras de los bolsos, poner cremalleras», enumera mientras encola una suela. «Hace 20 años había más encargos y se compraba más calidad. En vez de dos buenos, ahora se compran cinco malos que cuando se estropean se tiran. Aunque quien compra calzado un poco que tal, si que lo arregla. Mi clientela es de bastante calidad. Todo lo que me traen es bueno», detalla el zapatero leonés.
La suma de labores, a las que se añade la venta de cinturones y productos relacionados con la zapatería, le ha dado para seguir estos 41 años en el oficio sin problemas. «Yo la verdad es que no me quejo trabajo siempre he tenido pero no se repara tanto como antes», insiste Antonio Fernández. Aunque admite que han mermado los encargos para hacer «zapatos a medida de quien se quería calzar bien».
El localín, en el portalón del palacio del Cardenal Lorenzana, guarda decenas de hormas con el nombre del cliente para el que se hicieron
Sobre todo han descendido los que, al abrigo del reclamo de ortopedia que apostilla el cartel de zapatería de la entrada, hacía para cojos. Habrá entregado más de un centenar. «Antes se hacían a medida porque no había otra forma y ahora mucha gente se opera», detalla el artesano, mientras muestra, bajo unas bolsas, a su espalda, el libro en el que copiaba las huellas. Luego mandaba hacer la horma de madera que, ya en el taller, desbastaba, «recortaba o añadía, según el pie del cliente», describe, esmerado en cubrir el desgaste de la punta de un botín de mujer que descansa sobre su regazo, sobre el mandilón de color azul que exhibe las huellas de pegamentos y colas de mil arreglos.
Al más veterano de los comerciantes de Santa Marina le quedan «unos 10 o 12 encargos por entregar». «Hace tiempo que me traen muchas cosas porque saben que cierro. No lo saquéis antes del sábado que me viene más gente», reclama. Este mediodía, última jornada laboral de agosto, recogerá el listón de la fachada con los cintos colgados y trancará por fuera. Dentro quedarán las hormas de madera colgadas del techo, esparcidas por las estanterías. «Habrá unas 90 o 100, aunque no las he contado nunca», reseña Antonio Fernández. La última se la pidieron «hace un año». Cada una lleva la identificación del cliente que la encargó. Dónde va a encontrar ahora León la horma de sus zapatos.

Adiós al taller artesano más emblemático del casco histórico de León

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