OPINIÓN Enrique Cimas
Valdés, periodista sin reservas
Sin reservas ni retrancas; sin prejuicios ni apriorismos impuestos con arbitrariedad. Escribía y hacía periodismo porque le gustaba, le apasionaba. Tanto, que un buen día, contrariando el parecer de los suyos, colgó los estudios de Veterinaria -nada mal llevados- para dedicarse al disparatado y hermoso oficio de periodista. Doy fe como testigo de excepción, de que Manolo Valdés no conoció, en el ejercicio de la profesión informativa, limitaciones en tiempo, circunstancia ni temario. Fue un periodista íntegro, además de integral. Lo mismo cubría en la Cabrera la información de una traída de aguas, que en la capital representaba a los periodistas leoneses en una mesa redonda sobre Sociología de la comunicación. Hacía la crónica -siempre con buena cara- de una toma de posesión, igual que recorría kilómetros para alcanzar y transmitir el eco popular de una feria agroganadera. Valdés era una pizca socarrón, tierno a montones, y un mucho generoso. ¡Ay!, si esa generosidad hubiese sido debidamente -y afectivamente- correspondida por aquellos a quienes encumbró, en ocasiones con demasía... Porque, digo yo, con toda humildad, pero con firme convicción, ¿no existiría algún procedimiento, más o menos público, de perpetuar la memoria de quien tan prolija y amorosamente cantó y contó las excelencias de su patria chica?. Ahí queda la sugerencia para los frágiles de memoria. E incluso para los que no hubiesen caído en la cuenta de que se nos ha ido una de las plumas más liberales y desprendidas para con el pueblo en general y para con la clase representativa, durante los diversos regímenes políticos (lo que denota independencia y largueza de espíritu). Aun así y todo, logró sumar amistades y voluntades innúmeras. Porque estamos tratando de un personaje singular que, noticia a noticia, crónica a crónica y relato a relato, dejó plasmada en las páginas de los periódicos leoneses -en especial de «Proa-La Hora Leonesa»- la historia de casi todo lo que de interés humano, sociológico, costumbrista, y hasta político-administrativo, aconteciera en esta grande y anchurosa tierra. Presidente de la Asociación de la Prensa de León; culto, amante de todo lo leonés, buenhumorado y sencillo, hablaba alto y claro. Algo informal en su indumentaria, (a lo mejor había que prestarle una corbata para que fuese a la recepción de tal o cual lugar). Pero siempre sonriente y desabrigado. Sabía como nadie dónde guisaban las mejores papas con congrio. Y las romerías de más sabor popular. Amaba a España, a sus campos y sus gentes. Y a sus amigos, entre los que tuve el privilegio de contarme. Y por encima de todo, colocó sus ideas de Dios y... de la Virgen del Camino. Señor, fue bueno y fue útil. Y amó lo legítimamente amable. «Beáti mórtui, qui in Dómino moriúntur» Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor.