Diario de León

Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER

La violencia desatada

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León

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HASTA veinte o más actos de violencia con muerte se produjeron en Madrid en los últimos días, no se dice cuántos. Y hasta para la capital de las Españas, rompeolas de todas alteraciones sociales, políticas y culturales del país son muchos. Está demostrado que en España se atraca mucho, se roba demasiado y se mata por un quítame allá esa papelina. Entre rumanos, ecuatorianos, marroquíes, nigerianos, croatas y demás gente del Este, del Oeste y del Norte, en España se calcula una población marginal de varios millones. España se ha convertido en uno de los centros comerciales de mayor atracción de Europa. Y los que fuimos símbolo de la emigración, nos hemos convertido en lugar deseable para rehacer vidas a la deriva. ¿Quiénes son los que de modo más sensible y alarmante producen esta sensación de inseguridad, que se advierte en la vida española, sobre todo la nocturna?. Nadie lo sabe o si lo sabe lo calla para evitarse contratiempos, porque nadie está seguro ni en su propio hogar. Técnicos del «butrón», especialistas en el asalto, prácticos en la escalera invaden nuestras calles, plazas y centros de convivencia, convirtiéndoles en lugares en donde todo malhechor tiene su asiento. La policía no puede con esta epidemia que se ha desarrollado en la Península Ibérica y que abarca desde la gran urbe hasta el poblado más recogido. Y lo tremendo de esta tendencia hacia la violencia en la que están implicados no solamente los alterados inmigrantes metidos hasta el alma en mafias extrañas, lo bárbaro del caso, es que la víctima más frecuente de estos atentados contra la condición humana es la mujer. La mujer propia, dicho sea con las consiguientes reservas que cabe aplicar al concepto de propiedad que el término comporta, la cual es sometida a los más perversos actos de violencia, con desprecio de la condición, de la fragilidad y del respeto, ya que no amor, que la mujer reclama. Del sainetismo aquel del «Es mi hombre» (yo le doy, mis encantos y mi amor a mi hombre / le espero llegar, nunca dejo de pensar en mi hombre...) pues de aquella entrega en cuerpo y alma de la mujer al galanteador de una época afectivamente más dada al zarzuelismo que al entendimiento profundo de lo que la mujer representa se ha llegado a este desencadenamiento de la bestialidad que tiene por objetivo principal, la mujer. «León, me informo al paso, registró cuando menos 593 denuncias por malos tratos el pasado año, y en el presente se espera que la cifra aumente de manera sensible. Y no se observan señales de que esta tendencia monstruosa vaya a declinar, sino más bien todo lo contrario. No faltan sociólogos que se esfuerzan en intentar demostrar, entre otros signos emblemáticos de la realidad, la influencia que tiene esta tendencia elemental, primitiva del hombre, con la verdadera sublevación de la mujer, o sea, lo que se da en llamar independencia absoluta de las féminas, haciendo de su vida un cómic erótico; y no es verdad, no puede ser verdad. Lo acusaba una de las mujeres sometidas a los alardes brutales del macho cabrío, cuando advertía: «Se intenta amparar el comportamiento inhumano de los cobardes maltratadores asegurando que se trata de una tendencia hacia el comercio sexual de la mujer, lo que excita la réplica bestial del hombre». Y no es verdad. El crimen pasional ya no puede esgrimirse como una disculpa penal, porqu se trata de una perversión moral, de una constitución física selvática y naturalmente de una formación menguada o nula. Y no basta la policía en la calle ni las decisiones legales coercitivas para enmendar este tremendo error social de la mujer maltratada, si el agresor, una vez pasado por los códigos dispone de libertad para reiterar sus depravaciones. Sólo cuando el delito de maltratar a la mujer se constituya en motivo fundamental de un código con escasas o ninguna grieta por la que pueda escapar el violento, haciéndole cumplir la pena impuesta por su delito, puede pensarse en la erradicación de muchos de los errores sociales que se cometen por parte de macarras sin sitio en el censo humano y de mujeres arrastradas a la desesperación.

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