Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER
¿Qué podemos hacer por nuestros locos?
Y ustedes perdonen la manera de señalar, pero es que tratar de «enfermos mentales» supone la generalización de una desviación de la mente para la cual todavía no hemos encontrado modo y manera científica de enderezar. En mis primeros tiempos de leonés enamorado, fui invitado, todavía ignoro por qué, a visitar, en el hospital de San Antonio Abad, recién trasladado a los altos de la Nevera, a los locos. Como en León todavía no existían sanatorios psiquiátricos, a tales enfermos, al cuidado de monjitas heroicas, se les confinaba en unas covachuelas fuera del recinto y si venía al caso, que sí solía, se les encadenaba. Y contemplar aquellos despojos humanos en la oscuridad de la covacha, era tristísimo y demoledor. A los enfermos en estado agudo o como se dijera cuando el enfermo resultaba agresivo, se les trasladaba a Palencia o al Conjo, creo que en Lugo. Y la cuenta de las estancias corrían a cargo de la Diputación. Porque entonces, todavía no se había inventado lo de las comunidades. Mientras éstas llegaban con sus euros, un leonés excepcional, el doctor don Emilio Hurtado Llamas, director que era del hospital, como lo fuera también su padre, pensó que no era bueno que los enfermos leoneses anduvieran tirados por todas las cunetas hospitalarias y sacándose los dineros de la voluntad y de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, que para eso se había establecido, (además de para acabar con la usura, mal endémico de la sociedad leonesa) constituyó el sanatorio de Santa Isabel, allá por los altos marginales de la ciudad. Fue, sin duda, una de las obras de mayor mérito, de más sólido entendimiento de la caridad cristiana y del mejor ejemplo de cómo deben ser ejercidos los cargos públicos. Y comenzó el funcionamiento de la institución con el general beneplácito. Hasta que, llegado que fue el ensayo general con todo de las autonomías y sus delegaciones se entendió que no había razón legal, ni institucional, ni nada que impusiera que la Diputación Provincial, que harto tenía si atendía a sus caminos, canales y puertos, fuera la responsable de la economía del centro psiquiátrico cuyas competencias sanitarias por cierto ya habían pasado a manos de la Consejería de Sanidad de la autonomía de Fuensaldaña. La tarifa del compromiso de la Corporación Provincial es nada menos que de cerca de cincuenta euros por enfermo y por día. Y la Diputación no puede. Y de alguna manera racional, científica, democrática y cristiana hemos de enfrentarnos todos con ese problema alucinante de los locos leoneses que andan por el monte solos. Porque, afirman los arbitristas electorales, lo que no se puede es dejar a los enfermos en la calle. Y no señor, no se debe dejar ni a un solo enfermo en la calle, mientras se atiende, con especial generosidad otras demandas no tan imperiosas como son estas de los enfermos sin remedio. Pero es lo que al margen o por encima de cualquier consideración de competencias preguntamos: ¿nos preocupamos de verdad lo que debiéramos los leoneses de nuestros enfermos?. Por lo que respecta a su cuidado profesional no existe ninguna duda: la dotación sanitaria del psiquiátrico de Santa Isabel, que es donde debieran ser acogidos debidamente todos nuestros enfermos, dispone de personal suficientemente cualificado como para hacerse con la rectoría del centro, pero también necesita que alguien preste a Santa Isabel el cuidado económico que necesita, porque de poco vale que se disponga de personal perfectamente cualificado y de un lugar dotado de lo que ahora darían en llamar infraestructura sanitaria, si aquellos que desde los puestos de mando tienen la obligación de atender a sus necesidades, se libran de ellas trasladando el cuidado a las consejerías de Valladolid. Los enfermos de León, son cosa de los leoneses y es lamentable saber que muchos de los que enferman en la ciudad acaban, anónimos y descuidados, en Palencia o en Galicia. Ahora que andamos prometiendo la luna y el sol por un voto sería conveniente que se esgrimiera el problema de los locos de León como argumento electoral.