| Reportaje | Estatuas de carne y hueso toman la ciudad |

León, ancho y silencioso teatro

Los mimos se convirtieron en los reyes de la calle Ancha

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Patricia Cazón - león
León

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Todas las personas que habían criticado el programa de fiestas, por paupérrimo, ayer se mordieron la lengua. La culpa la tuvo la empresa de espectáculos catalana MPC que atrapó el silencio de las Ramblas, lo metió en un camión y le puso nombre de concurso. El primer certamen de estatuas de carne y hueso, en León, comenzó ayer a las siete de la tarde y consiguió reunir cientos de personas y halagos hacia el Ayuntamiento, por traerlos, y hacia la organización, por crearlo. La parte importante del recorrido estaba al final, aunque éste podía comenzarse o bien desde Botines o desde la Catedral. Las estatutas se ordenaban a ambos lados de la calle Ancha. A medida que el sol iba muriendo en las ventanas, más niños se acercaban a ver si aquellos quince mudos eran reales, si se podían tocar. Aunque en realidad fueron 16, porque hubo una pareja, pintada de plata, que aprovechó el concurso para, según decía un cartel a sus pies, no ganar votos, aunque sí dinero, que da de comer. El resto, las que sí participaban en este evento, cuyos premios se darán hoy en la plaza de San Marcelo, sí que esperaban votos. Por eso pusieron su ingenio al servicio del silencio. Buscaban ser los más originales. El resultado fue un cuadro singular donde Cristobal Colón apuntaba Santo Domingo como si esta plaza se tratase de América, un gladiador bebía Coca-Cola o un espantapájaros regalaba flores de juguete a cambio de una moneda. Y también había una mujer enredada en un saco de dormir; y otra vestida de india que gritaba; y un hombre que decía representar el futuro y el pasado; y un leonés gladiador y una dama envuelta en gasa; y un ángel de ojos azulísimos, que le dio la mano a una niña de ojos negros que se llamaba Laura. El mecanismo de actuación de todos (tanto los que están en esta enumeración, como los que faltan) lo encendían los céntimos que caían en las huchas que ofrecían en sus pies. Había excepciones, como el Hombre del Viento, al que sólo el sonido de una moneda podía liberarle de su gesto de velocidad. Charles Chaplín convirtió la esquina de la calle Sierra Pambley en una improvisada plaza con risas y ovaciones hacia su espectáculo, cargado de guiños humorísticos. El final del recorrido lo imponían las urnas, en las que el público votaba al mimo que mejor se había transformado en arte. Los premios del concurso de estatuas humanas se darán hoy en la plaza de San Marcelo Participan en él quince mimos procedentes de todo el mundo El público disfrutó durante toda la tarde del espectáculo y la plasticidad de las estatuas

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