Paga, vuela, tiembla y vuelve
Dos familias leonesas vieron cómo las vacaciones de su vida se convirtieron en pesadilla cuando su agencia de viajes les llevó al ojo del huracán Emily 24 horas antes de su llegada
Los restos de Emily en la piscina del hotel, que sirvió para proteger el mobiliario de la terraza
Eran unas vacaciones que llevaban varios años soñando Maite, Luis, Carmen y Carlos, dos matrimonios amigos que querían hacer un viaje a lo grande con sus tres hijos adolescentes, Elena, Ignacio y Guillermo, antes de que fueran demasiado mayores para querer veranear con ellos. Por fin habían podido cuadrar sus vacaciones y este año se decidieron: ocho días en las famosas playas del Caribe mexicano, en la Riviera Maya. El precio superaba los mil euros por cabeza, pero iba a ser el viaje de sus vidas. Tal y como imaginaron, fue un viaje que ninguno de ellos olvidará en sus vidas, pero no por lo que ellos esperaban. Cuando aterrizaron en el aeropuerto de Cancún, el funcionario que revisó sus pasaportes mostró su extrañeza porque siguieran llegando turistas de España, porque el huracán Emily ya tenía intensidad tres, considerada muy peligrosa, su virulencia seguía creciendo y en sólo 24 horas iba a llegar como un reloj al Caribe mexicano. A diferencia de otros peligros naturales, los huracanes son muy previsibles, y con bastante antelación se puede conocer su trazado y su intensidad casi con total precisión. Esto es lo que más les molestó, que nadie les previno del peligro en la agencia pese a que ellos lo conocían, no les dieron la oportunidad de posponer el viaje ni les ofrecieron destinos alternativos. «Han puesto en peligro nuestras vidas sin más», lamenta Luis. El aspecto del Palladium Resort, un cinco estrellas impresionante entre las blancas playas caribeñas y la selva de Xpu-Há, les animó bastante. Pero duró poco, tras una cena perfecta y el descanso del viaje, a la mañana siguiente el huracán ya se anunciaba con la negrura del horizonte, y la bandera roja advertía de la prohibición de bañarse en la playa. Aún así, se dieron un chapuzón en la orilla. Fue todo el contacto que pudieron tener con el Caribe. Después de comer ya tuvieron que refugiarse en la parte central del hotel, la más protegida, ante la llegada del huracán. Consiguieron al menos quedarse los siete en la misma habitación, en lugar de repartirse con desconocidos, como les ocurrió a la mayoría de los huéspedes del hotel, casi todos españoles y norteamericanos. Después de una cena de emergencia, colocaron unos colchones en las ventanas por si el huracán rompía los cristales e intentaron pasar la noche lo mejor que pudieron con bromas y juegos para distraer al miedo. Emily comenzó a rugir fuera con sus casi 300 kilómetros por hora. El peor huracán que vivió la región en la última década hacía volar palmeras y las dos familias leonesas veían como se torcía la madera de las puertas. Después de casi tres horas llegó un momento de calma, el centro del huracán que les habían anunciado los mexicanos del hotel, y después volvió a azotar contra el otro ala del edificio con la misma fuerza durante otras tres horas. A la mañana siguiente el paso de Emily se dejaba notar, buena parte del hotel estaba dañada y el personal pidió a todos los clientes que hicieran las maletas y esperaran instrucciones. Tras varias horas, bajo un tendejón, un autobús trasladó a los siete leoneses a otro hotel a varios kilómetros, llegaron demasiado tarde para cenar y se fueron a la cama con el estómago vacío para descansar, porque a primera hora de la mañana les iban a dar explicaciones en la recepción. De circuito o de vuelta a España Los responsables del viaje no dieron muchas facilidades. La situación era clara: no había plazas para todos en los hoteles que se habían salvado del huracán y las alternativas eran dos: un circuito de tres días por el interior que consistía en madrugar, viajar en autobús, visitar ruinas mayas y dormir en hoteles de una categoría inferior, o bien volver a España. A los dos matrimonios y a sus hijos, cansados de tanto trajín en sólo dos días no les apetecía un plan tan movido. Además, ellos habían volado a México para disfrutar de las playas caribeñas, así que decidieron volver a León. La aventura siguió en el aeropuerto, donde había una auténtica avalancha de españoles que querían volver a casa. Así que otra vez a esperar durante horas. Los aviones se iban ocupando con los viajeros a medida que iban llegando, con familias e incluso parejas de recién casados volando en plazas separadas. El miércoles por la noche llegaron de vuelta a León, tres días antes de lo previsto, y ahora sólo esperan que al menos quien les vendió el viaje les devuelva el dinero que pagaron por un servicio que no recibieron, ya que no les pueden devolver una oportunidad para disfrutar de las vacaciones de sus vidas.