| Reportaje | Una vida difícil |

«Okupa» a los 65 años

Porfirio Varela subsiste con una pensión compensatoria de 256 euros al mes, lo que le obligó hace un año a alojarse en un inmueble abandonado cercano a la plaza del Espolón

Los 256 euros de pensión que cobra Porfirio Varela no le permiten acceder a una vivienda

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Patricia Burgos - ical

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La gente está acostumbrada a vislumbrar historias de pobreza bajo el reflejo de la situación de clases sociales marginales o a través de las imágenes que llegan del otro lado del océano que muestran la miseria de los países subdesarrollados. Pero la pobreza se cobija en el portal de al lado. Porfirio Varela, un hombre que reside en León, subsiste con una pensión compensatoria de 256 euros al mes que le obligó, hace poco menos de un año, tras la muerte de su mujer Consuelo, a abrir de una patada una casa deshabitada y convertirse, a la edad de 65 años, en un okupa desahuciado por sus vecinos. Pofirio Varela nació un 23 de julio de 1940 en el pueblo leonés de Bercianos del Páramo donde pasó su infancia, para trasladarse al poco tiempo a la capital en busca de un porvenir. Su vida laboral no pintaba bien desde el principio. Trabajos temporales en la construcción, la minería y hasta en el mundillo de espectáculo como músico de una pequeña orquesta que por los años 60 recorría la provincia. Pasaron los años, se casó con Consuelo y tuvo un hijo, que está en la misma situación económica que él. Hoy, con 65 años de edad se encuentra en la calle, ocupando una vivienda que no es de su propiedad en un espacio de poco más de más de tres metros de ancho y seis de largo que comparte con un gato y un perro, sin agua ni luz, con el tejado derruido y en la que debe calentar el alimento diario con maderas barnizadas cuyo humo tóxico respiran él y sus vecinos. Hace poco más de una semana, agentes de la Policía Local y una trabajadora social del Ayuntamiento de León se acercaron al inmueble, que ocupa desde hace aproximadamente un año en la calle Fernando I del barrio del Espolón de la capital leonesa, para comunicarle que los vecinos de las viviendas aledañas, abanderados por el secretario de la Asociación de Vecinos del barrio de San Mamés, Urbano Gómez, interpusieron ante la Concejalía de Medio Ambiente una queja por la toxicidad de los humos que salían desde la chimenea de su casa. «No tengo a donde ir, ni dinero para comprar leña que no provoque ni los olores, ni la toxicidad de la combustión del barniz. Numerosas veces me he acercado a los servicios de asistencia de León para solicitar ayudas y siempre me las han denegado, argumentando que carezco de contrato laboral», cuenta, para añadir que, tan sólo el párroco de la iglesia de San Lorenzo, el padre Javier, cada jueves le da algunos alimentos. Exigen su desalojo «Como poco, así que no paso mucha hambre. Los servicios sociales me han propuesto que vaya a una residencia de ancianos de titularidad pública, pero no soy ningún anciano, tan sólo quiero un lugar donde vivir, sin molestar a nadie», argumenta. El problema tiene difícil solución. Porfirio Varela no tiene dinero para comprar leña con la que encender la cocina de carbón donde calienta el alimento diario y caldea la casa, en un invierno en el que las temperaturas registradas en León están siendo muy duras. Los dueños de un almacén cercano de bricolaje le regalan de vez en cuando trozos de madera que les sobran impregnados de barniz y que en combustión provocan un denso y maloliente humo tóxico que respiran los vecinos de los inmuebles aledaños, los gerentes y clientes de los negocios cercanos y los viandantes que transitan por las calles paralelas, Fernando I y Los Osorios. Ello dificulta la convivencia vecinal cerca de la plaza del Espolón de León. Urbano Gómez, además de secretario de la Asociación de Vecinos del barrio de San Mamés, es uno de los afectados por el humo que a todas horas del día desprende la chimenea de la casa ocupada por Varela. Denuncia esta situación, al tiempo que exige a los servicios sociales o a la Concejalía de Medio Ambiente que resuelva el problema y, sobre todo, que vele por la salud de las personas que residen en el Espolón. Beneficencia eclesial Uno de los sacerdotes de la iglesia de San Lorenzo, conocido por sus feligreses como el padre Javier, es el que se encarga de repartir los alimentos que desde el llamado Banco de Alimentos, sostenido gracias a las aportaciones de grandes supermercados de la ciudad, a los más pobres de la comunidad eclesial. Cada jueves, desde hace muchos años, el padre Javier recibe a Porfirio Varela en su despacho para entregarle su ración de alimentos semanales, mientras le pregunta cómo ha ido la semana. El párroco, que además de entregar a Varela productos alimenticios gracias a los cuales subsiste día a día, gestiona todos sus asuntos relacionados con los papeles que le requieren las administraciones locales. Asegura que Varela no se irá de la vivienda que ocupa por sus propios pies, que no acepta que la iglesia le regale una estufa de gas, que sería una de las soluciones para que los vecinos no sufrieran los olores de la combustión de madera barnizada «sencillamente porque no sabe encenderla» y que tampoco está dispuesto a que los servicios sociales le ingresen en una residencia de ancianos. Aunque los vecinos no le creen, Porfirio Varela asegura que los propietarios de la vivienda se acercaron hace unas semanas por el inmueble y le permitieron que viviera en la casa hasta que fuera demolida, fecha que se desconoce puesto que la zona sufrirá las modificaciones fijadas en el Plan de Ordenación Urbana Municipal. De momento, Varela seguirá allí y sus vecinos continuarán soportando el edor tóxico de la combustión de barniz.

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