Diario de León

Ring, ring, ring... ¿dígame?

La separación matrimonial, los problemas familiares o las adicciones, algunas de las cuestiones que más preocupan a las personas que optan por el teléfono para solicitar apoyo anónimo

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M. Blanco - león
León

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El teléfono suena. Una voz cálida y amable responde al otro lado de la línea. Aunque algunos lo conciben como el recurso de los desesperados, el teléfono de la esperanza es, al igual que muchos otros servicios, una herramienta de ayuda a aquellos que buscan consuelo, apoyo o, simplemente, una voz que les escuche. Una terapia gratuita en la que píldoras y tratamientos quedan a un lado, sustituidos por la paciencia, la serenidad y el cariño inesperado de una persona, la del otro lado, que parece compartir todos y cada uno de los secretos, angustias y preocupaciones que tanto tiempo llevan ocupando la mente del que llama. En esta ocasión, el secreto no está en la masa, sino en el interior de todos y cada uno de los voluntarios que, durante horas, olvidan sus problemas para centrarse en la vida y la historia del prójimo. Un trabajo como cualquier otro que, lejos de intentar aprovecharse de quien necesita ayuda, supone enfrentarse a todo tipo de situaciones, en ocasiones dramáticas, que se encuentran más cerca de lo que a veces muestra el televisor. El factor desencadenante: motivos poderosos, pero superables, como la ludopatía, la depresión o la separación matrimonial. Detalles de una vida, en la que el diagnóstico de la enfermedad lleva siempre aparejado la pérdida de un valor fundamental al que asirse en la adversidad, la esperanza. Labor impagable «Maldita la hora en la que conocí el teléfono de la esperanza, que me salvó la vida». Con estas palabras agradecía una voz anónima la labor poco reconocida de aquellos que frustraron su intento de suicidio. No obstante, el voluntario no siempre recibe un gracias, ni tampoco un reconocimiento a un labor, que bien merece unas pocas palabras que sirvan para reforzar el ánimo con el que descolgar el teléfono y que transmitir a los demás. Tampoco importa. Conseguir que quien llama se abra es ya un triunfo y una pequeña satisfacción. La clave, escuchar. El arma, el auricular. El enemigo al que enfrentarse, la máscara de miedo que nubla en ocasiones la capacidad de ayudar y de ser ayudado. La medicina, una dosis de paciencia mezclada con una gran capacidad para escuchar. Gracias por un oído tan grande.

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