| Reportaje | La infancia perdida |
La vida del soldado Destin
Un joven congolés relata a los alumnos del Padre Isla de León sus vivencias en la milicia de la República del Congo, en la que fue reclutado a la fuerza con 14 años

Pestin intervino ayer en el instituto Padre Isla para relatar su historia como niños soldado
A Destin Maliyamungu le sorprendió la milicia cuando jugaba al fútbol en el año 2004 con unos amigos en un descampado de la región de Kivu, en la república del Congo, en una zona próxima a la frontera con Burundi. Desde entonces acumula historias impensables para un chico de catorce años, inimaginables en occidente para un chaval de su edad. Sin embargo, gusta de relatar una hazaña: «Cuando nos enteramos de que una ONG en la zona trabajaba para rescatar a niños de la guerrilla y devolverlos a sus casas». Destin lo cuenta porque se las arregló para escapar del control de sus captores y poner su vida en manos del proyecto de rehabilitación que le ha posibilitado reintegrarse en la sociedad; y lo hace para agitar las conciencias occidentales, para que la comunidad internacional no permita que los niños compartan la atrocidad de la guerra. Según un informe de Naciones Unidas el último año se calculaban en 250.000 los niños involucrados en un conflicto armado. «Llegaron los soldados, nos llevaron a la selva y nos dijeron que entrábamos a formar parte de la milicia; que nunca volveríamos a ver a nuestras familias. Lo sentí por mi madre, porque temí que no iba a poder sacar adelante a mis hermanos pequeños». Destin lo cuenta, pero otros no tuvieron la misma suerte. «Nos llevaron a cinco amigos; uno murió en combate». El auditorio, con el alumnado de la ESO del Instituto Padre Isla al completo, se entregó al relato. «Mi trabajo era el de proteger a un comandante que nos daba órdenes», aclaró el joven congolés al recordar sus primeros pasos en la selva como soldado a la fuerza en uno de los numerosos grupos Mai-Mai. Luego amplió los cometidos: «No me gustaba que el comandante me obligara a pegar con palos a los niños que se portaban mal, pero o hacía eso o me pegaban a mí». «Nos daban armas, nos metían en combate y nos pedían que disparáramos; nunca sabíamos si a quien disparamos o sí alguien murió». Desde que la oenegé Coalición española contra la utilización de niños y niñas soldado le abrió la fuga de la guerra se especifica un plan de actuación bien definido: «Lo primero que hacemos cuando los recogemos es escucharlos; nos cuentan sus vivencias en una forma de terapia que nos sirva para determinar su grado de dependencia de la situación que han vivido de forma violenta», aclara una representante de la organización que acompaña a Destin una gira de intervenciones por varias ciudades españolas. Ayer en León, con la ayuda de una interprete, el joven Maliyamungu explicó a su joven audiencia, de la misma edad que él tenía cuando empuño un fusil, sus propósitos para el mañana: «Seré mecánico, tendré un día mi propio taller», dijo ilusionado ahora que ha regresado junto a su familia, después de que en la ONG se le permitiera, libre, decantarse entre un oficio o estudiar. Destin Maliyamungu explicará su mensaje a occidente, de cómo un niño de 14 años dejó su infancia clavada en la selva. Ofrece con una sinceridad absoluta la versión de los hechos: «No sé expresar si aquello me va a marcar para el resto de mi vida».