«En Alija vivimos en condiciones infrahumanas y el huerto ni lo vimos»
La familia madrileña que abandonó el plan municipal de repoblación niega que el Ayuntamiento cumpliera con las condiciones que se les ofrecieron en principio
El Ayuntamiento alojó a la familia en las antiguas oficinas del museo, en una foto de archivo.
Aseguran haber pasado el último medio año «en condiciones infrahumanas», en una pequeña vivienda en Alija del Infantado «donde nos han tratado como a extranjeros». Son María Luisa Martínez y Juan Carlos Mochales, el matrimonio que, junto a sus siete hijos, abandonó la villa después de haberse acogido al programa de repoblación del Ayuntamiento. Con siete hijos, entre 1 y 18 años, aseguraron ayer que el Ayuntamiento no cumplió las condiciones estipuladas, comenzando por «los 300 euros mensuales de ayuda, porque nos daban 250 y tenemos los cheques fotocopiados».
«Cincuenta metros cuadrados para una familia de nueve miembros, con una humedad tan grande que estaba la casa verde y allí nos metieron con un bebé de nueve meses», explica María Luisa, que señala que la familia utilizaba dos de las habitaciones de lo que fueron las oficinas del Museo Benigno Eiriz como dormitorios y un tercer cuarto hacía las veces de «salón para poder ver la tele».
«No nos facilitaron huerto. Un día se nos fundieron todas las luces y tardaron dos días en reparar la avería, que era del museo, no de la vivienda, y porque llamé yo a un técnico que pagué de mi bolsillo. No teníamos ni trabajo...», explica la madre.
Tal es la indignación de Martínez por las explicaciones del Ayuntamiento a propósito de su marcha de Alija, que las protestas para amontonarse antes de salir de su boca: «Se nos cayó encima una ventana entera de la carcoma que tenía en septiembre, y tiene, porque tenían las ventanas ya compradas y no nos las pusieron porque decían que hacía mucho frío. Pero lo cierto es que el frío entraba por la puerta, que no podíamos cerrar y estaba rajada. Ahí no puede vivir una familia de nueve miembros».
Los intentos de trabajar. Durante su estancia en Alija, «nadie le ofreció a mi marido un sólo trabajo. Yo intenté abrir un local y nadie me ofreció un alquiler. El antiguo alcalde, José Antonio Prieto, nos dijo que si nos daba trabajo que si nos alquilaba trabajo o nos daba un local el pueblo se le echaba encima. Nadie quiso alquilarnos una casa, porque quisimos alquilar una mejor porque no teníamos ni patio. Quisimos poner un taxi y nos pusieron trabas», señaló.
Conocieron el programa de repoblación por Internet, donde «ofrecían un montón de cositas, pero al llegar allí todo era mentira. Tuvimos que pagar la mudanza para allá que fueron mil euros, la de para acá, otros mil. Teníamos trabajo mi marido y yo y lo dejamos por ir a Alija, pero una vez allí no había nada de nada, ni trabajo ni casas para alquilar... Y, encima, nos gastamos el dinero que teníamos ahorrado».