Retablo leonés | Enrique alonso Pérez

La cuestionada leyenda de Clavijo

Versiones falaces sitúan al emperador Carlomagno en el sepulcro del apóstol

El creciente peregrinaje asegura un Jacobeo con importante trasiego turístico-cultural.

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León

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En nuestra cuarta entrega sobre las historias jacobeas, damos paso a la autoridad histórica de Sánchez Albornoz, que nos viene a complementar las anteriores opiniones sobre el sepulcro del santo: «Bajo la ciudad medieval existió probablemente una civitas romana de los días del Imperio; una civitas amurallada, cuya necrópolis se hallaba, al parecer, en la hoy Plaza de la Quintana. Al cabo del tiempo se construyeron en la ciudad unas termas, cuyos restos son visibles bajo la Basílica jacobea. La civitas, de nombre ignorado, se arruinó no sabemos cuando, y sobre sus ruinas se alzó luego un conjunto de tumbas cuya indiscutible realidad suscita nuevos problemas en torno a la gran cuestión del sepulcro apostólico. A los pies de un sepulcro romano de importancia se ha encontrado una necrópolis paleocristiana que se extiende por bajo de la catedral hasta el Pórtico de la Gloria».

Todo este batiburrillo, que de ninguna manera llega a representar el uno por ciento de las versiones emitidas por jacobeólogos de cualquier tiempo, dio cumplidos frutos con la aparición de leyendas anacrónicas cuya relación haría interminable este apunte. Por eso, tan sólo escojo dos de ellas, que han dado lugar a frecuentes dudas históricas entre las gentes de buena fe por estar alimentadas, interesadamente, desde instancias clericales que vieron aumentar en su día el enorme patrimonio, personal y colectivo, de una Iglesia imposible de cuestionar por tener en sus manos todos los triunfos del juego. Me refiero a la pretendida Batalla de Clavijo y a la presencia del Emperador Carlomagno en el sepulcro del Apóstol.

En cuanto a la batalla de Clavijo, ese invento nacido de la mente de un canónigo compostelano, cuya avaricia le lleva a retorcer la historia de España en el siglo XII, trescientos años después de la supuesta batalla, para justificar los llamados «Votos de Santiago» y aumentar así hasta el infinito los bienes de su ya opulenta Iglesia, ha recibido también el contundente reproche de los historiadores estrictos y objetivos, que han buceado los archivos hasta desenmascarar la burda pero sustanciosa- superchería.

La versión de la historia. Oigamos al ilustre historiador, Luis Vázquez de Parga, lo que opina al respecto en el prestigioso Diccionario de la Historia de España publicado por Revista de Occidente : «Supuesta batalla entre Ramiro I y los ejércitos de Abd Al Rahmán II, en la que se habría aparecido el Apóstol Santiago combatiendo contra los moros, montado en un caballo blanco. Por ella se habrían libertado los cristianos del vergonzoso tributo de las Cien Doncellas, que venía de tiempos del rey Mauregato, y en agradecimiento a la ayuda del Apóstol, Ramiro, en el célebre privilegio de los votos (supuesto del 25 de mayo del 844, en realidad una falsificación del siglo XII) establece para los habitantes de toda España conforme fuera liberándose su territorio, la obligación de pagar a la Iglesia de Santiago una medida de trigo y otra de vino por cada yugada de tierra. La leyenda que ha tenido y tiene aún acérrimos defensores, y ha dado motivo a una bibliografía extensísima, carece de todo fundamento histórico. Ninguna de las más antiguas crónicas cristianas de la Reconquista la menciona, y la existencia de esta batalla ni siquiera se plantea a un historiador serio».

Con el mismo énfasis por aclarar el fraude, Sánchez Albornoz escribe en su famosa Réplica a Américo Castro , lo siguiente: «Yo no puedo vacilar al discurrir sobre el origen del culto jacobeo. Le dio vida la angustia de la Cristiandad del noroeste peninsular. Al descubrir el sepulcro de Compostela creyeron que la misericordia divina delegaba un Apóstol de Cristo en su socorro... La creencia en un misterioso socorro celestial a ruegos del Apóstol no implicaba necesariamente la fe en la personal acción del Santo en las batallas. Los cristianos españoles tardaron casi trescientos años en corporeizar ese apostólico patronazgo en la intervención hípico-ecuestre de Santiago. Sólo muy avanzado el siglo XII el llamado -˜Privilegio de los Votos-™ hizo al Apóstol combatir a caballo contra los musulmanes en socorro de Ramiro I (842-859) en la legendaria batalla de Clavijo. Sólo después de la falsificación del texto famoso se presentó a Santiago como celeste capitán en un relieve de la capital compostelana».

No deja de ser curiosa, también, la fuerza que tuvo la leyenda que asocia al Emperador Carlomagno con Santiago Apóstol y su sepulcro. Es sabido que el mítico conquistador nació el año 768 y murió en el 814, precisamente una año después de las famosas luminarias que anunciaron el enterramiento del Patrón de España. Pues a pesar del anacronismo que supone coincidir en el mismo escenario, la literatura jacobea surgida en los siglos XI y XII atribuye nada menos que al gran Emperador Carlomagno el relevante mérito de haber realizado la «inventio» del sepulcro del Apóstol y de haber habilitado el camino que conducía a él.

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Veamos, si no, la narración contenida en el IV Libro del Codex Calixtinus , conocido por Historia Caroli Magni Rotholandi , en el que el Apóstol se aparece en sueños a Carlomagno y le dice, después de identificarse: «El Camino de Estrellas que has contemplado en el Cielo significa que tú habrás de ponerte en marcha desde estas tierras, hacia Galicia, con un gran ejército, para sojuzgar a las pérfidas gentes paganas, y liberar mi Camino y mi tierra, y a visitar mi Basílica y mi sepulcro».