Diario de León

Unidos por la tradición

Luyego acogió una boda maragata, un festejo que recuperó los principales rituales del enlace como el «rastro» de paja o el carro enramado tirado por un burro

Fotografía de los novios en Luyego, donde se celebró la boda maragata, junto con un tamboritero.

Fotografía de los novios en Luyego, donde se celebró la boda maragata, junto con un tamboritero.

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laura bueno | luyego
León

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La magia que envuelve una boda maragata invadió este fin de semana los pueblos de Luyego y Quintanilla. Los ceremoniales previos que acompañan al enlace comenzaron el día antes. Los vecinos del pueblo recogieron a los novios, Ana María Corral y Julio Prieto, para tomar un copeo, disfrutar de unos bailes maragatos y cantar. Después, una vez que los novios se habían ido, se adornaron con ramas la puerta de la casa de los novios, habitualmente con hiedra y flores de escoba (blancas) para ella y de piorno (amarillas) para él. Además, los amigos echaron un rastro entre la casa del novio y el lugar donde se producirá el enlace, un sendero de paja trillada que advierte de la inminencia del enlace y que simboliza la unión y la fecundidad.

El domingo, día de ceremonia, los ramos de la Semana Santa se mezclaron con los rituales de la boda maragata. El novio fue a buscar a su futura esposa, aunque su llegada fue un tanto especial. Montado en un carro enramado y tirado por un burro, venía acompañado por sus amigos, su familia y por el joven tamboritero Adrian Alonso. Mientas, los invitados caminaban junto al futuro esposo al ritmo de castañuelas maragatas y pisando el rastro de paja que la noche antes habían colocado los mozos del pueblo.

Una vez que el cortejo llegó a la hostería de Luyego, lugar donde se celebró la boda, tocó esperar a la novia, como manda la tradición. La música del tamborín y de la flauta acompañó la espera del novio y de los invitados, hasta que la novia hizo su aparición, vestida con el traje maragato y con el pañuelo de cuadros verde y rosa, el de casada.

La alcaldesa de Luyego, Marisa Rodríguez, ofició el enlace en la hostería, lugar emblemático para los novios, ya que se trata de la antigua casa de la abuela del novio. Por la tarde, la iglesia de Quintanilla acogió una pequeña celebración religiosa, para después celebrarse la tradicional carrera del bollo , un muñeco maragato que tiene en su cabeza dinero, que se le entrega al ganador y el resto, se repartió entre los invitados.

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