Consejeros y censores
Carta te escribo Martín Martínez
Querido hermano: Entrados que estamos en este abril que, cumpliendo el refrán, puede ser vil, espero disfrutes de buena salud; por aquí, como dice Nolete, vamos trampaleando, pues no es poco que veamos amanecer cada día.
Dicen que vamos hacia la normalización meteorológica que proporcionará un respiro a los campesinos, pues los pobres no han tenido tregua estos meses pasados; se pasan la vida tentando la tortícolis de tanto mirar al cielo y, tan pronto se asfixian y resecan por falta de humedad como tienen que estirar el pescuezo al máximo para no ahogarse. Vida bucólica diría Virgilio, pero perra a más no poder; recuerda los periodos de vacaciones juveniles cuando no había otra que arrimar el hombro.
Lo del encabezamiento es porque hoy quiero tener dos agradecimientos públicos. Aunque a uno eso de la áulico le viene al enjesquino, lo tiene desechado, se precia de tener algún que otro amigo que te dice las verdades del barquero, que te informa y si te dejas te aconseja; de todas las maneras es más informador que consejero, lo cual agradezco de corazón. Verás; en la carta fechada el pasado 24 de marzo te informaba, satisfecho, sobre una vieja máquina relacionada con el chocolate, instalada en la rotonda del Postigo. Derivaba mis intenciones al beneficio que ese artefacto podría reportar a la presunta próxima edición del SICA. Por aquello de la claudicación de una de mis piernas, más si hay que bajar y subir pendientes como es el caso, te informé de ello sin contrastar la veracidad de la fuente como siempre he realizado y la erré.
Mi informante y consejero me advirtió que la máquina en cuestión es de la industria impresora que tuvo su época dorada hace cien años en Astorga y estaba íntimamente relacionada con la chocolatera; que la tal máquina es una joya por su rareza y su buen estado de conservación, pieza digna de un museo —del propio museo del Chocolate por la interrelación de ambas industrias— y no de estar a la intemperie. A riesgo de la posible claudicación, bajé a la rotonda; comprobé y corroboré la información y las razones del consejero. Dicho queda.
Y hermano, como en los viejos periódicos, uno cuenta con su censor particular; no censura, no tacha, aunque tiene un aire en sus apreciaciones de extraño parecido a las de Nolete. Hazte a la idea. Es un censor a toro pasado, acaso porque, pobre de mí, no lo tengo en nómina. Como sabe que se lo agradezco, me suelta la pulla. La soltó. Y es que la última pifia, sin importancia ciertamente, resulta imperdonable vistas las circunstancias que él tuvo en cuenta. En la última misiva me quejaba del desaguisado procesional que propició la pertinaz lluvia de Semana Santa. Resulta que la procesión que se nombra de los Pasos, conocida popularmente como la del «Vil Populacho» por el motete que entonan los Niños de Sión, protagonistas de la misma, también se celebró con recorrido completo. La cofradía de la Vera Cruz, ha recuperado este desfile infantil que llevaba medio siglo sin llevarse a cabo. En los inicios del siglo pasado, a los versos del «Vil Populacho» del poeta astorgano Pompeyo Pérez Benito, los ilustró musicalmente el maestro, también astorgano, Leovigildo Blanco; el cual se entona, exclusivamente, en este desfile infantil. Para mi vilipendio, fue la única procesión que seguí en su totalidad; por su recuperación y porque en ella desfilaban los dos nietos, como protagonistas de esa recuperación. Y mi censor, tomando esta circunstancia como agravante, ha puesto su censura al olvido, La cual recibo disciplinadamente, aunque no utilice las disciplinas del antiguo penitente.
Dicho, rectificado y censurado queda. Cuídate hermano.