Diario de León

El grisú penetró en la galería como un «tsunami de 12.000 metros cúbicos»

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pilar infiesta | llombera
León

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La bolsa de grisú que ocasionó el pasado día 28 la muerte fulminante de seis mineros que trabajaban a 694 metros de profundidad en el macizo 7 del Pozo Emilio del Valle, entró en la galería como un auténtico «tsunami de 12.000 metros cúbicos de metano», según confirmó ayer el representante de Fitag-UGT en el comité de empresa, Juan Antonio Colinas. Esa cantidad es «una barbaridad», explicó el sindicalista a pie de mina a las diez y cuarto de la mañana, poco antes de que el grupo investigador bajara al pozo por primera vez para comprobar el estado de las instalaciones.

También reconoció que «nunca» había conocido «algo igual» y que la liberación de ese primer gran impulso de grisú se prolongó durante un cuarto de hora. «A partir de ahí, como las olas, las salidas de metano fueron espaciándose y aflojando», matizó, pero los mineros ya se habían quedado sin oxígeno sin tiempo a colocarse el rescatador por la rapidez del escape, del que sólo percibirían, opina, «la nube de polvo» que precedió a la bolsa de grisú que llenó de golpe el cubículo, de veinte metros de largo por cinco de ancho y dos y medio de alto.

Por eso el comité es partidario de la no reapertura de esa planta que consideran conflictiva y defienden que los trabajadores no reanuden las labores «hasta que exista la máxima seguridad», precisó.

En un paraje donde cada montaña y valle han sido transformados a base de pico y pala con el sudor de generaciones enteras de familias mineras, los ánimos de la plantilla siguen «bajos», una semana después de la tragedia. Los turnos de las doce de la noche, ocho de la mañana y cuatro de la tarde no bajaron ayer a la mina, como se había barajado, y no entrarán hasta que se conozcan los resultados de la investigación del siniestro, el más grave de la minería de España en los últimos 18 años.

Uno de los empleados que se acercó hasta la empresa, de 37 años, aseguró que sus sensaciones ante el regreso al pozo no eran de miedo, pero sí de cierto respeto e incertidumbre. «Ahora, a tirar para adelante, no queda otra, lo que diga la compañía», admitió. Igualmente, un compañero, de 39 años, que ha «vivido muchas cosas ya en la mina» de las que prefiere no hablar, lamentaba el suceso y asumía resignado que, pese a los peligros, volverá a bajar, «porque, ¿qué vas a hacer?». El secretario del comité, José Ramón González, sujetando las lágrimas reiteró que la moral «está mal y habrá que volver a la mina, es lo que hay, pero no hasta que todas las condiciones sean las óptimas».

En un día frío (6 grados) y lluvioso, el director de la empresa llegó a las instalaciones a las 8.30 horas, después lo hicieron el subdirector, miembros del Centro de Investigación y Desarrollo y otros representantes de los trabajadores. Los cuatro ingenieros de Minas cuyas valoraciones serán determinantes para la reapertura del Pozo, cruzaron el umbral de Emilio del Valle en un mismo vehículo al filo de las diez de la mañana. Tras examinar sobre plano la situación de los tres macizos de carbón y que los niveles de gas oscilaban entre 0,9 y 1, un equipo de quince personas integrado por representantes de la Hullera, los sindicatos y Minas, comenzó el recorrido de seis kilómetros dividido en dos grupos para comprobar el estado de las rampas, los talleres y la ventilación de las áreas 5 y 9, antes de coincidir juntos en la galería séptima, donde se efectuó el trabajo de campo que desvelará lo ocurrido.

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