José Manuel Álvarez: «Me iba a suicidar porque no me sentía padre»
La ausencia de recuerdos, el trastorno de ansiedad que le produjo el divorcio y, sobre todo, la intención de no hacer daño a nadie, tan sólo la de llevarse a sus hijos en su incursión en el domicilio de los Brugos, fueron los argumentos del lacianiego José Manuel Álvarez en sus respuestas ante el fiscal, la acusación particular, el abogado del Estado y su letrado. El acusado no recuerda haber agredido a nadie y afirma que recuperó la consciencia cuando su hijo le interpeló: «Papá, ¿qué haces? ¿Estas tonto? Déjala ya». El mismo niño que apuntaría nervioso al llegar los guardias civiles «ha sido mi padre, ha sido mi padre».
Álvarez reconoció que llegó al domicilio de los Brugos sobre las 5.30 de la madrugada del 23 de mayo, en la noche en la que su ex mujer era ya concejal electa de Degaña tras las votaciones locales. Álvarez había celebrado los cumpleaños de sus hijos —una niña y un niño que entonces tenían 11 y 6 años, respectivamente— el fin de semana y los había devuelto al domicilio de los Brugos, donde vivían con su madre, la tarde anterior.
El acusado, que vestía una cazadora marrón con el cuello subidos y una bufanda, prendas que no se quitó en toda la sesión, ya había necesitado tratamiento psiquiátrico cuando supo que su matrimonio se iba a pique. Ante el tribunal dijo que su mujer le había engañado y él le había perdonado y luego llegó el divorcio y el 23 de mayo de 2011.
El leonés señaló que estaba dispuesto a suicidarse, después de haber manifestado a preguntas del fiscal que fue a casa de la familia de su ex mujer provisto de una maza, una navaja de no gran tamaño y un destornillador. Había cambiado de idea: en vez del suicidio había optado por sacar a sus hijos de casa de los Brugos. «No estaban con quien debían», dijo.
Así que entró en la vivienda derribando la puerta a mazazos para dirigirse luego al primer piso, donde se encuentran los dormitorios. Según su versión, en la puerta que da acceso a la planta alta de la casa, encontró oposición. «Me hirieron en la mano con un cuchillo» y, después, «no sé ni lo que hice», aunque recuerda que su ex suegra «me dio con una silla en la cabeza». Álvarez vuelve en sí al verse interpelado por el niño. «Aterricé cuando vi a mis hijos», dijo. «Me quedé bloqueado y entonces salí» —de la casa, se entiende—.
En plena declaración Álvarez se desplomó repentinamente y con gran estrépito. Los policías que le custodiaban le ayudaron a levantarse y continuó el resto de su declaración sentado.
A la acusación particular no le convencen las lagunas mentales del acusado, porque recuerda que al salir de la vivienda pinchó las ruedas de los dos coches de la familia y causó daños en los retrovisores y rompió una luna. Tampoco ve claro el que necesitara cambiar la ropa que había usado el domingo por otra de color negro, con botas de la mina y capucha. Con los daños a los turismos procuraba «que no me siguieran» y el ropaje oscuro obedece a la intención «de llevarme a los niños».