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León

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La aparición del cuerpo de la nonagenaria en su domicilio ha causado revuelo en El Burgo Ranero, que mira el hecho con pasmo y ve en el caso una mala publicidad para el municipio.

«Quién sabe lo que pudo ocurrir allí», dicen en principio. Pero lo cierto es que si hay posibilidad de prolongar la conversación, en la calle se piensa que en la madrugada del domingo se cometió un crimen.

Los más cercano a M.P. cuentan que hace dos años, la difunta y su marido pasaban el invierno en León, sobre todo desde la enfermedad de él, que falleció en febrero. La finada regresó al pueblo en junio, donde tiene dos hijos. Permanecía en su casa desde entonces, pero su hija —la que la encontró le domingo—, quería llevársela a León. «Con 90 años temían que le pudiera pasar algo» y sólo el cálido otoño y la cercanía de la familia, además de un querer permanecer en su casa, habían aplazado su marcha.

La tranquilidad en El Burgo se vio alterada el domingo, cuando la hija de la víctima salió a la calle «gritando: ¡No encuentro a mi madre! ¡No encuentro a mi madre!». Le había telefoneado antes para anunciar su llegada a la hora de comer sin que contestara sus llamadas, referían ayer. El auxilio de los vecinos no se hizo esperar y «luego esto fue un trajín» de guardias de uniforme y de paisano, «que llegaban de dos en dos». Todos entendieron que la tragedia era un asunto serio «cuando llegaron los que se ponen el buzo blanco, los de la Policía Científica». Más tarde, «un guardia preguntó quién tenía llaves de la casa. Se las retiraron a toda la familia y dijeron que quedaba precintada por orden judicial».

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En principio, los vecinos del inmueble donde se produjo el suceso no observaron ni oyeron nada de relevancia para la investigación y se preguntan cómo pudo ser que el fuego no se propagara al resto de la casa y a las que lindan con ésta y saben que la tragedia estuvo cerca: Con una llave de gas abierta el fuego podía haber provocado una explosión. Hay quien apunta que se produjeron llamas en dos habitaciones distintas, separadas por un pasillo que el humo ennegreció, pero al que no llegó el fuego.