Los vigías del fuego temen que drones y cámaras les sustituyan
Las 18 torres de vigilancia de León, primera línea de defensa ante los incendios forestales.

Desde el puesto de Pozo Fierro se observa desde la Cordillera Cantábrica a Zamora. RAMIRO
A. Domingo | Quintana del Castillo
«Las palabras se las lleva el viento y nuestro trabajo, el agua. Lo dice un compañero, porque con las lluvias del otoño ya nadie se acuerda de nosotros» y ahora, con el empleo de aviones no tripulados y cámaras para proteger el fuego del bosque, los trabajadores de las torres de vigilancia de incendios forestales temen que las nuevas tecnologías arrastren un oficio que parte de ellos desempeñan sólo durante tres meses al año —los de máximo riesgo de siniestros— en el plazo de unos pocos años.
Así lo cree José Campano, uno de los dos vigías que atienden la torre de Pozo Fierro, a 1.525 metros de altura, desde donde se divisa toda la llanura leonesa, desde el Teleno a Peñacorada y desde esta cumbre, hasta la de Peña Ubiña. Palco único hasta el que se han asomado los humos de El Villar de Santiago, Losadilla e incluso los de Zamora.
Caseteros —como se denominan los vigilantes entre ellos— hay dos por cada uno de los 18 puntos de vigilancia de la provincia, a los que se suman otros cinco que prestan sus servicios en el Centro Provincial de Mando (CPM) de León. Trabajan jornadas hasta de 10 horas —depende de las horas de luz— durante 15 días, lo que suponen «las siete horas y media diarias de cualquier funcionario», aunque son personal laboral de la Administración autonómica.
No todos trabajan tres meses al año: los más afortunados, lo hacen del 15 de abril al 15 de octubre y otros tienen un mes más. «Luego, los que cogen en el programa para limpiar de maleza los alrededores de los pueblos trabajan seis meses. Hay muchos agravios en la Administración», asegura.
Campano explica que los vigilantes «somos la primera línea de defensa contra el fuego, los que nunca salimos en el periódico. Cuando el incendio se queda en conato —menos de una hectárea abrasada— o poco más es porque avuisamos yse actuó con rapidez. Pero no contamos nada». Tan baja estima sube algo, sin embargo, con la eliminación de las vacaciones, que se impusieron «en 2012, con los recortes» que impuso la crisis. Había que coger los días correspondientes «sí o sí, porque no te las pagaban» y la torre quedaba sin guarda. De nuevo este año los días de descanso entran en nómina y cotizan y los puestos permanecen cubiertos durante toda la época de máximo riesgo.
«No lo ve tan rápido»
Con 18 campañas de incendios a sus espaldas y muchas horas oteando el horizonte, Campano es un GPS humano, capaz de distinguir las torres de la Catedral de León en un día de buena visibilidad y de señalar cualquier localidad desde su puesto.
Atiende a cada atisbo de humo. A veces son tractores que levantan polvo y otras, el destructivo fuego. Como el que avistó el jueves a las 11.18 horas en Chozas de Abajo —se reflejó luego en el parte de la Junta—. Sabía que se trataba de un incendio antes de coger los prismáticos y lo había situado «en la carretera de Choza a Villadangos» sin necesidad de trazar las coordenadas en un mapa. Sus temores de que drones y cámaras sustituyan a los vigías se respaldan «en que suena que para el año que viene los de las camiones —motobombas— les suben el contrato a seis meses y a nosotros, no. Pero un dron no ve el fuego tan rápido, porque lleva toda la vida mirar así», sentencia.