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Juan Carlos F. Menes / Secretario General del Centro Superior de Estudios Teológicos de León
León

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Este parece ser el soniquete que se va repitiendo ante la repentina muerte de D. Juan Antonio Menéndez, obispo de la diócesis hermana de Astorga desde el 19 de diciembre de 2015, a la que llegaba desde Oviedo y trayendo como aval toda una vida de bondad, buen talante, cercanía a todo y a todos. Los que hemos tenido la suerte de conocerlo y de disfrutar de su amistad desde hace muchos años al final no nos hemos extrañado de que haya muerto por un fallo de corazón alguien con un corazón tan grande y noble.

Si como San Juan de Ávila dijo, el sacerdote debe saber a lo que sabe Dios, estamos ante un primer retazo de lo que aprendió D. Juan Antonio y sabía transmitir con enorme naturalidad. Los “sabores de Dios” es la ciencia espiritual que debe embargar nuestra persona. Nuestra humanidad ha de estar toda ella zambullida en estos sabores que han gustado los santos que en el mundo han sido y de los que nos dan rendida cuenta en su caridad y en su entrega, haya sido cual haya sido su camino. En esta asignatura tan vital para la vida de un sacerdote, él supo obtener brillantes notas. Desde que llegó a Astorga no tuvo una pasión distinta de la que ha movido toda su vida: servir y querer a los demás en el nombre del Señor Jesús. Eso sí, a partir del primer día lo foguearon duramente desde distintos frentes, que ahora ni merece la pena recordar, por asuntos de los que no era responsable, experimentando no pocas veces ese dolor que nos acorrala en duras pruebas y que genera un presente cansado que nos desfonda y astilla. Le ha tocado lidiar dificultades y problemáticas duras y complejas, y ha llevado la diócesis en estos tres años con enorme dignidad y con el buen hacer de un pastor diligente, con inteligencia y acierto, como bien han dicho los que han compartido estas tareas con él.

Ante sus ojos fueron pasando, nunca con indiferencia, todas esas causas en las que parece que Dios mismo nos grita en ellas. Y es que los verdaderos discípulos del Señor aprenden la lección en el libro que los demás nos escriben, con el que Dios nos muestra su mejor sabiduría. Esto es lo que da la talla sacerdotal de alguien que ha sabido amar a Dios sin hacerlo contra los hombres. Con obstinada frecuencia nos empeñamos en una imposible cruzada: pretender amar a un Dios que no tenga hijos, para no tener que asumir nosotros que tenemos hermanos; o lanzarnos a la defensa interesada de los hombres sin que Dios nos inspire el amor, la humildad y la misericordia que brotan de su Corazón. En D. Juan Antonio esta unidad vital se hizo palabra cercana, tierna caricia, compromiso incondicional. Su acogida era tan fácil como cálida era su sonrisa, y su conversación tan grata como su mirada amable. El recuerdo de su persona nos queda lleno de afecto y nuestra plegaria, fiada de la fe, pide por su eterno descanso. Damos gracias hoy por este querido hermano y rezamos por quien se nos adelanta en la llegada a la meta hacia la que los demás seguimos peregrinando. Y que el Buen Pastor, por medio de su Iglesia, conceda pronto a la diócesis de Astorga un nuevo pastor que la siga llevando por la senda del Evangelio con su palabra y con su ejemplo.

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