Congreso de Agroalimentación de León
"Cuidar el campo es apostar por el futuro"
La segunda mesa redonda de la mañana contó con la participación de tres mujeres: Begoña Bello, María del Carmen Alonso Santocildes y Nélida Gutiérrez Otero, que pusieron sobre la mesa la obligación de la administración de mantener los servicios públicos en el medio rural para evitar el invierno demográfico además de dar cuenta de la importancia que el papel de la mujer tiene en el desarrollo de las empresas rurales.
Begoña Bello González, María del Carmen Alonso-Santocildes y Nélida Gutiérrez Otero junto a Álvaro Caballero
Volver al pueblo no fue una decisión fácil, pero sí profundamente personal. Para Begoña Bello, vicepresidenta de Asaja en León y apicultora de vocación, el regreso al entorno rural junto a su marido —con sus castaños, sus colmenas y su tierra— ha sido una elección de vida que no cambiaría por nada. “Es duro, muy duro, pero pesa más lo bueno que lo malo”, asegura. Desde su granja apícola en El Bierzo, una comarca que define como “un paraíso”, Bello reivindica con firmeza el papel esencial de quienes trabajan el campo. “Hay que concienciar a la gente de la necesidad de poner en valor los productos que obtenemos. Detrás de un bote de miel hay muchísimo trabajo. León produce una de las mejores mieles de España. Algo estaremos haciendo bien”, dice con orgullo. Convencida de que el futuro pasa por el cuidado del medio natural, Bello subraya la importancia de que las nuevas generaciones —y especialmente las mujeres— encuentren en el campo un proyecto de vida. “Cuando una mujer se va, se va toda su familia. Las que nos quedamos es porque queremos hacerlo. Hay que sentir pasión por nuestro trabajo”, afirma. Hoy, el 30% de las explotaciones agrarias en España tienen titularidad femenina, un dato que para Bello es alentador pero insuficiente. Defiende con énfasis la titularidad compartida, porque “compartes derechos y obligaciones, y eso da un peso importante a la mujer”. Ella misma no ha tenido reparos en trabajar en el campo. “Mis padres me inculcaron que podía hacer lo mismo que un hombre. Nunca me sentí menos”, recuerda. Además de la pasión, Bello destaca la formación como herramienta imprescindible para quienes deciden emprender en el medio rural. “Si no tienes una mínima formación, no tienes nada que hacer. Es importantísimo formarse para gestionar una explotación, ya sea de abejas, vacas o cualquier otra. La burocracia es enorme y muchas veces las normativas se hacen desde Madrid, Valladolid o Bruselas sin tener en cuenta nuestra realidad”, denuncia.
Ella misma realizó un curso de agricultura ecológica en el centro de capacitación de Almázcara del Bierzo, uno de los tantos que cada vez atraen a más personas interesadas en el campo. “A mí me sirvió muchísimo”, reconoce. Para Bello, el reto de revitalizar el mundo rural no pasa solo por digitalizarlo o por ofrecer formación. Exige algo más básico: servicios públicos. “La digitalización es la base, pero si no tienes médico, farmacia, escuela o transporte, no hay nada que hacer. Así no se puede vivir dignamente”, concluye. En su voz resuena una mezcla de orgullo, realismo y esperanza. Una defensa firme del campo como espacio de vida, de trabajo y de futuro. De sus colmenas en El Bierzo no solo sale miel: también salen lecciones de perseverancia, sostenibilidad y compromiso.
En una época en la que muchos sueñan con volver al pueblo, María del Carmen Alonso-Santocildes nunca se fue. Nacida y criada en su tierra, esta ebanista —miembro de la asociación Poeda— ha hecho de su oficio no solo una forma de vida, sino también una manera de defender la identidad y el futuro del medio rural. “Yo soy de las que siempre he estado en el pueblo. Nunca me fui. Fue poco a poco siendo algo de mí y cada día me gustaba más”, explica desde su taller, donde transforma la madera en piezas únicas. Allí, entre herramientas y virutas, reivindica una vida tranquila, rodeada de servicios y con un profundo sentido de comunidad. “Vivo en un municipio que tiene todos los servicios y, para mí, es un paraíso”.
Para Alonso-Santocildes, los oficios tradicionales no solo deben preservarse, sino que deben evolucionar. “Si no innovas, te mueres. Como trabajo yo no lo hacía mi padre. Hay que estar siempre a la última”, asegura. Su enfoque combina técnica y sensibilidad, y eso se nota en cada encargo. “Haces muebles con alma, me dijo una clienta una vez. Lo que yo hago es algo personal. No es lo mismo que comprar un mueble en una tienda sin alma ni historia”.
Esa visión la ha convertido en una de las voces que defienden que los oficios pueden ser también motores de desarrollo económico en el medio rural. “Mi oficio hace que mucha gente tenga trabajo. Si logramos hacer economía circular en el pueblo, se asienta población. Si todo el mundo sale fuera a comprar, los pueblos desaparecen”.
Su trabajo tiene además una doble carga simbólica: es mujer en un oficio tradicionalmente masculino. Pero, lejos de haberse sentido limitada, lo ha vivido con naturalidad. “Nunca me he encontrado con ningún problema. Yo creo que va en el carácter de cada mujer. Querer es poder, y la maña hace la fuerza”, sentencia con orgullo. Aun así, es consciente de que queda camino por recorrer en la visibilidad del trabajo femenino en el entorno rural. “Hay que seguir con la lucha para dar visibilidad a la mujer. Los oficios hay que sentirlos. Y eso no depende del género”. Más allá de su labor como ebanista, María del Carmen insiste en la necesidad de reforzar las infraestructuras básicas del medio rural. “Hay que aumentar la oferta de vivienda pública. La despoblación rural es difícil de detener, pero si se ayuda a tener todos los servicios, es más fácil la repoblación”, afirma.
También cree firmemente en la necesidad de proteger la cultura y tradiciones locales. “Hay que apoyar las tradiciones y culturas de la zona. Son parte de nuestra identidad. Si se pierden, se pierde parte de lo que somos”.
Desde su taller, esta artesana demuestra cada día que crear con las manos también es una forma de cuidar el alma del territorio. Que un mueble hecho con dedicación y propósito puede convertirse en un acto de resistencia frente al olvido rural.
Por último, desde lo alto de la comarca leonesa de Omaña, rodeada de montañas, robles y silencio, Nélida Gutiérrez Otero cultiva algo más que huevos ecológicos. Cultiva un compromiso con el entorno, con la sostenibilidad y con el mundo rural. Propietaria de la granja Nafardela Eco, Nélida no solo ha resistido la despoblación: ha decidido crear vida desde dentro. “Nací y crecí en el pueblo, y me quedé. He estado siempre ligada al campo y a la montaña, y hace cinco años nació Nafardela”, cuenta. También trabaja en educación ambiental, una vocación que complementa con la gestión diaria de su explotación. Su filosofía es clara: “Es imprescindible cuidar el entorno para mantener lo que nos da de comer y de respirar. Yo creo que se está haciendo bien”.
En Nafardela Eco, los animales viven en condiciones que respetan su bienestar, algo que Nélida considera no negociable. “Es importante que lo que se genere sea teniendo en cuenta criterios de bienestar animal y de sostenibilidad. Es nuestro tesoro”, afirma.
Su granja es un pequeño oasis de producción consciente en una tierra que, aunque rica en recursos, sufre una alarmante despoblación. “Vengo de una zona despoblada, y faltan personas que regresen. No hay jóvenes en los ayuntamientos de alrededor”, lamenta. Pese a que las mujeres han estado siempre en el corazón del trabajo rural, la imagen y la estructura del sector siguen siendo masculinas. “En nuestro ayuntamiento somos dos mujeres. La ganadería sigue siendo cosa de hombres, aunque las mujeres siempre han trabajado lo mismo o más”, afirma.
Nélida es una de esas mujeres que rompen moldes. Su presencia, su voz y su experiencia cuestionan una tradición desigual. Pero no es fácil. “Lo primero que tiene que haber es flexibilidad legal a la hora de hacer cosas en el medio rural”, reclama. Su propia experiencia montando una granja ecológica fue un reto burocrático. “Me costó mucho adaptarme a la normativa porque no hay leyes que amparen a los pequeños productores. En cambio, hoy mismo leí en el periódico los problemas de las macrogranjas… y resulta que es más fácil montar una porque la legislación está pensada para ellas”.
Más allá de la normativa, hay factores estructurales que dificultan el retorno o la llegada de nuevos pobladores. Uno de ellos, según Nélida, es la ruptura del relevo generacional. “Ya no hay una formación directa de padres a hijos. Eso se rompió. Y la Formación Profesional debería estar más conectada con las necesidades del medio rural”.
Otro gran obstáculo: la movilidad. En su zona, explica, “el transporte público no existe”. Esto afecta también a otros servicios, como el cuidado de mayores o dependientes: “Hay muchas dificultades para encontrar cuidadores porque, en sus descansos, no tienen transporte. Tienen que ser completamente independientes para poder venir”. Y es que, para Gutiérrez, no todo se puede medir por rentabilidad económica: “Hay proyectos que tienen que ser independientes de eso. Porque hay otras formas de generar riqueza: en salud, en comunidad, en sostenibilidad”. Frente a la idea de que el campo se vacía, Nélida Gutiérrez es la prueba de que aún hay quienes se quedan —y, sobre todo, resisten con sentido y con sensibilidad. Su historia es una lección silenciosa de cómo se puede vivir en armonía con la tierra y, al mismo tiempo, exigir justicia, visibilidad y apoyo para un modelo más humano.