Diario de León

El cooperativismo, motor histórico del campo

Urcacyl destaca la fortaleza del modelo en Castilla y León y recuerda sus raíces, vinculadas al mundo rural, la Iglesia y la modernización

Consejo rector de Urcacyl, en el centro logítico de Villadangos.

Consejo rector de Urcacyl, en el centro logítico de Villadangos.DL

María Carnero

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Como cada primer sábado del mes de julio, el mundo celebra el Día Internacional de las Cooperativas, una fecha impulsada por las Naciones Unidas y la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) para poner en valor la aportación de este modelo empresarial a la sociedad. En esta ocasión, el lema elegido es «Cooperativas para un mundo pacífico», un mensaje con el que se busca reconocer el papel fundamental de estas empresas en la justicia social, la solidaridad, la equidad y la cohesión comunitaria.

El cooperativismo representa una forma de organización basada en la ayuda mutua y en la unión de las personas para superar dificultades y vulnerabilidades, defendiendo que las personas están por encima del capital y que el trabajo es un medio de autorrealización y no una simple mercancía. La primera celebración oficial de este día tuvo lugar en 1995, coincidiendo con el centenario de la ACI, fundada el 19 de agosto de 1895 en Londres durante el primer Congreso Cooperativo Internacional. Aquella alianza nació por iniciativa de líderes cooperativistas de distintos países con el objetivo de unificar el movimiento, defender sus principios y fomentar el comercio global.

Para Urcacyl, la conmemoración de esta jornada tiene una relevancia especial en Castilla y León, una comunidad donde las cooperativas agroalimentarias ocupan el segundo puesto nacional, solo por detrás de Andalucía. Actualmente facturan cerca de 4.000 millones de euros, agrupan a más de 37.500 agricultores y ganaderos y generan empleo para 5.482 personas. Jerónimo Lozano, director de Urcacyl, subraya la evolución y consolidación del modelo al afirmar que «el cooperativismo en Castilla y León es cada vez más fuerte, está más profesionalizado, comercializa a sus socios todo tipo de productos y les presta los suministros y servicios que precisan», recordando además que «a nivel nacional ocupamos el segundo puesto tras Andalucía».

Pero para comprender la fortaleza actual del cooperativismo es necesario remontarse a sus orígenes. En España, el punto de partida se sitúa en la Ley de Sindicatos Agrícolas de 1906, una normativa que permitió que las asociaciones agrícolas pudieran constituirse legalmente para desarrollar actividades destinadas a mejorar la vida rural. Sus objetivos eran claros: facilitar la adquisición de maquinaria, semillas, abonos y animales reproductores; adaptar los antiguos pósitos para ofrecer crédito y microfinanciación a los agricultores; crear cooperativas de venta y mutualidades agrarias; y organizar campañas conjuntas contra las plagas agrícolas.

El gran avance de aquella ley fue dotar de cobertura jurídica al sector agrario, permitiéndole operar con importantes ventajas, exenciones fiscales y facilidades para colaborar con el Estado en el fomento agropecuario. Aquella norma se convirtió en el primer gran marco legal del cooperativismo agrario español y sirvió de impulso para la rápida expansión de las Cajas Rurales y de los sindicatos agrícolas de carácter ético y benéfico.

En ese contexto de atraso y abandono del campo, el sindicalismo agrario católico jugó un papel decisivo. A comienzos del siglo XX surgieron numerosas Cajas Rurales y Cooperativas Agrícolas impulsadas por instituciones católicas para proteger al campesinado frente a la usura y la pobreza. Aquellas iniciativas respondían a la encíclica Rerum Novarum, promulgada por el Papa León XIII, que supuso un antes y un después en la doctrina social de la Iglesia al condenar los excesos del capitalismo y sentar las bases para el sindicalismo y el cooperativismo católico.

Fue precisamente bajo esta inspiración cuando surgieron algunas de las primeras experiencias cooperativas del país. En 1911, Victoriano Flamarique, párroco de Santa María de Olite durante tres décadas, fundó la primera bodega cooperativa de España, la Bodega Cooperativa Olitense, cuyo lema resumía el espíritu de la época: «unos por otros y Dios por todos».

Años más tarde, en el País Vasco, el sacerdote José María Arizmendiarrieta impulsó el conocido movimiento de Corporación Mondragón. Fundó en 1943 la Escuela Politécnica y promovió la creación de la primera cooperativa industrial, dando origen a uno de los grupos cooperativos más importantes del mundo y convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de la historia del cooperativismo internacional.

En Castilla y León, el verdadero despegue llegó precisamente gracias a aquella Ley de Sindicatos Agrícolas de 1906, que la Iglesia local aprovechó para impulsar Sindicatos Agrícolas Católicos en prácticamente todos los pueblos de la comunidad. Estos funcionaban como cooperativas mixtas: compraban abonos, semillas y maquinaria de manera conjunta, comercializaban las cosechas a precios más justos y creaban secciones de crédito para ayudar económicamente a los agricultores. Todavía hoy quedan vestigios de aquel movimiento en zonas como la Ribera del Duero o Tierra de Campos.

Uno de los ejemplos más representativos es la actual Cooperativa Agrícola Regional de Carrión de los Condes, nacida en 1909 gracias al impulso del jesuita Sisinio Nevares. El proyecto surgió con el objetivo de ofrecer respaldo colectivo y seguridad a los agricultores, que buscaban defenderse de las usuras bancarias de la época. Comenzó con 42 socios y en apenas dos décadas superaba ya los 2.000.

El origen de las cajas rurales

Otro de los grandes pilares del cooperativismo fue la articulación del crédito agrario a través del sistema Raiffeisen alemán, basado en la ayuda mutua cristiana y la responsabilidad solidaria. Gracias a este modelo, los sindicatos agrícolas crearon sus propias cajas rurales y de ahorro. En Salamanca, por ejemplo, en 1916 nació la sección de crédito de la Federación de los Sindicatos Agrícolas Católicos Salmantinos, germen de la actual Caja Rural de Salamanca. Décadas más tarde, la modernización definitiva del campo llegaría de la mano del Servicio de Extensión Agraria, creado por el ministro de Agricultura Rafael Cavestany. Estos servicios nacieron para aumentar la productividad, modernizar explotaciones y transferir conocimientos.
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