LA PETICIÓN
«Sólo quiero llevarle flores y rezar una oración». El hijo de la víctima, César Ruano, cursó la petición a la dirección general de la Guardia Civil en Madrid hace tres meses para «acallar -expresó- mi conciencia de hijo antes de terminar mis días». Según explica, su intención era conocer el destino de su padre «para darle un último homenaje, llevando a su tumba unas flores, pero, principalmente, una oración». Él presenció con nueve años cómo se llevaban a Martín Ruano de casa y le metían a un coche negro. Nunca más lo volvió a ver ni a tener noticias de su paradero. Se quedó huérfano, porque su madre había muerto, y fue criado por sus abuelos. Prefiere no pronunciarse sobre la Guerra Civil o los hechos que motivaron la desaparición de su padre. Sólo ha logrado cerrar una etapa y conocer que la valentía de un pueblo, Regueras de Arriba, permitió que el cadáver de su padre no se quedara en el monte y fuera enterrado en el cementerio de la localidad, a pesar del miedo que se instaló en los corazones de los vecinos que escucharon el disparo y vieron cómo prendían fuego al hombre. Quién era la víctima. Martín Ruano Merino procedía de la localidad de Villabraz, donde llegó a ser el secretario del Ayuntamiento. Su hermano Tomás también ocupó un puesto en el Consistorio, el de concejal. Nacido en el seno de una familia emprendedora, fundó un partido de extrema derecha llamado Acción Popular y se codeó con los jefes de Falange de Valderas, e incluso con Gil Robles. Tras ser asesinado en noviembre de 1936 en las afueras de Regueras de Arriba, unos perros encontraron su cadáver. Los hombres del pueblo custodiaron el cuerpo hasta que lo enterraron.