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VICTORIANO CRÉMER
León

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COMO en el Ayuntamiento solo que a lo divino, en la Real Colegiata de San Isidoro, donde se guardan los cuerpos de las más briosas hembras de la historia, también se ha producido el relevo. El ilustre Abad, excenletísimo, ilustrísimo, reverendísimo y cuantos títulos le sean concedidos por bien merecidos, deja el cargo, dimite y pone a disposición del Obispados el gobierno de esa excelsa ínsula que es la Colegiata de San Isidoro. Y oiga, yo no es que me considere muy beato, ni mucho menos, que no faltan señoras muy aseñoradas y verdaderamente devotas que de camino hacia sus novenarios, me detienen para declararme difícilmente ejemplar en lo católico apostólico y romano. No es, pues, que yo me considere un motivo de ejemplaridad y buenas costumbres, pero el caso es que mantengo desde hace muchos años un verdadero culto por ese santo varón y hombre machadinamente bueno, que es Don Antonio Viñayo. Si, tal como me vaticinaban los que bien me querían hubiera seguido la carrera eclesial, a estas alturas sin duda hubiera alcanzado la obispalía de mi pueblo. Y nunca, jamás, me hubiera dejado convencer por la humilde demanda de Don Antonio para concederle la jubilación. Yo no lo hubiera hecho. Y no porque efectivamente nos vaya a faltar la palabra sabia y el consejo oportuno que solía cedernos cuantas veces lo solicitábamos, porque Don Antonio es hombre entregado tan por entero y de corazón al bien del prójimo que no cabe duda ni titubeo cuando de valernos de su saber y entender se trata. A él solía yo acudir, con toda mi enormísima carga de imperfecciones y mis osadías de hombre de la calle planteándole problemas teologales que me constaba que hervían en el entendimiento de muchas gentes desnortadas. Y siempre, sin perder la sonrisa ni poner a la palabra el énfasis de gran maestro negó su opinión, que siempre resultaba la que de verdad servía para calmar las convulsiones del alma. Don Antonio hablaba a la gente con la palabra llana del Gonzalo de Berceo, del cual aprendió la fórmula coloquial y rebozada en una sonrisa ancha y cordial, dictaba la lección más ardua y sobre los temas más distintos, poniendo al final al estrambote humilde de quien no aspira a los bienes de este mundo. El señor obispo -¡Bien hace, en su casa está!- en uso de sus prerrogativos ha accedido a la reiterada súplica del Abad. Yo no lo hubiera hecho. Soy un sentimental, lo confieso y por tanto un flojo ciudadano incapaz del mantenimiento él su rincón oscuro de los amores y desamores. Y este donde esté y sea de él lo que la Providencia decida, Don Antonio Viñayo quedará establecido en mi agenda entrañable como uno de los hombres de los cuales me fue dado aprender el difícil ejercicio del buen entendimiento, de la obligada transigencia entre los hombres de buena voluntad. Como heredad inestimable nos deja esta guía de conciencia: «La vida es corta y la ciencia larga». Y acosado por el tiempo, que ni se detiene, ni perdona, sigue trabajando, estudiando, removiendo papeles, cenizas, piedra y recuerdos para componer la obra sin duda más copiosa, más importante de cuantas se han venido haciendo en los últimos años... Ahora y en la hora gloriosa de su relevo, Don Antonio se entregará a investigar y los leoneses tendremos la fortuna de asistir día a día al noble esfuerzo de un personaje ejemplar. En esta peripecia histórica en la que nos encontramos, cuando resulta ya casi imposible encontrar un hombre verdadero y un amigo leal, la existencia y la asistencia del Excmo. e Ilmo. Sr. Don Antonio Viñayo es un regalo regio para León, un lujo, un premio, no se sabe si merecido, pero sí necesario.

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