| Las calles | Prieto de Castro |
Los aledaños de la plaza Mayor
La vía que recuerda en su rótulo al abogado y periodista Manuel Prieto de Castro, uno de los grandes adalides de la causa española en la isla de Cuba antes del funesto año de 1898, forma parte de lo más granado del entramado urbano que se configura en torno a la soberbia Plaza Mayor. Precisamente en este enclave tiene su punto de partida, concluyendo en el entronque formado por otras tres calles del entorno cuajadas de solera y animación ciudadana: Manuel Gullón, San José de Mayo y Gabriel Franco. Rúa de los Bodegones Subtitulada como «Rúa de los Bodegones», la arteria tiene carácter peatonal y presenta un hermoso y venerable caserío, distinguido en algunos casos por elementos arquitectónicos como galerías y espléndidos balcones de forja. Entre los edificios surge, a modo de deslumbrante fogonazo del pasado, algún comercio con muchos años de servicio sobre sus achacosas espaldas. Y es que toda esta zona se distingue por una animación comercial que justifica, sobradamente, la antigua fama de Astorga como ciudad de acendrado espíritu comercial. En este sentido, una auténtica institución en la vida local fue doña Consuelo, la propietaria de la farmacia establecida en la calle Prieto de Castro y que falleció en el mes de marzo de 2001, a los 100 años de edad. En el reciente año 2000 se celebró una interesante exposición en los salones de la Cámara de Comercio, mostrando la evolución del negocio y la industria en los dos milenios de vida con que cuenta la ciudad. Junto a utensilios utilizados en el siglo XIX por los entrañables arrieros, como sus libros de cuentas, la muestra recogía una amplia relación de herramientas y útiles de relojería, además de máquinas de mecanografiar, utensilios de confitería y moldes metálicos para hacer las tabletas de chocolate. En definitiva, todo un recorrido nostálgico por los esfuerzos de una ciudad que disfruta tanto del ocio como del negocio. Cuando Manuel Prieto de Castro vino al mundo, el 22 de agosto de 1852, impactantes y gratificantes novedades se vivían en la ciudad. Como consecuencia de sendos robos en dos céntricos establecimientos, el Ayuntamiento acordó en 1848 instalar un alumbrado público en Astorga, aunque no comenzaría a funcionar hasta 1851. Por aquella misma fecha, la rumbosa corporación municipal aprobó igualmente la creación de un cuerpo de vigilancia que garantizase la seguridad en las calles. Eran los populares y abnegados serenos. La cuestión cubana Los antiguos ediles astorganos debieron rascarse el bolsillo para acometer ambos proyectos, pues tan sólo los uniformes y el equipamiento de los serenos costaría 689 pesetas de la época. Por ello, y tal como cuenta Matías Rodríguez en su Historia de Astorga, se aumentó las contribuciones relativas al consumo de alcohol, imponiéndose un maravedí en cada azumbre de vino que se consumiera y un real para cada cántara de aguardiente. En cuanto al alumbrado público, los faroles de aceite pasarían a ser de electricidad en 1897. Por aquellas mismas fechas la situación política en la isla de Cuba, la última joya de la corona del antaño todopoderoso imperio español, se había hecho insostenible. La fuerza de las armas sustituía a la negociación y el diálogo entre «españolistas» e independentistas, cada vez más pujantes gracias al apoyo de los Estados Unidos. Uno de los más decididos partidarios de la eterna unión entre la isla y su madre patria era, precisamente, nuestro Manuel Prieto de Castro. Como abogado y periodista, lucharía hasta la extenuación en defensa de los intereses hispanos. Cienfuegos Fue tanta su entrega a una causa perdida de antemano, como se comprobaría con el desastre de 1898, que falleció en tierras caribeñas. La colonia española de Cienfuegos consiguió que sus restos mortales se trasladaran a la Península, siendo luego conducidos oficialmente hasta Astorga. Aquí serían recibidos solemnemente por el Ayuntamiento e inhumados en el cementerio, en un emotivo acto que contaría con la presencia de la Corporación en pleno, las autoridades de la provincia y todas las de la localidad, civiles, militares, eclesiásticos y un apesadumbrado vecindario, revistiendo todos los caracteres de una severa manifestación de duelo. Como remate al homenaje, en su casa natal se colocó una lápida conmemorativa, costeada por suscripción popular, con una inscripción alusiva a los méritos de este astorgano venido al mundo el 22 de agosto de 1852 y convertido en «infatigable defensor de la integridad de la patria».